S?bado, 19 de enero de 2013



Seguramente que la pregunta más incómoda es ¿Por qué? En todas las edades ha sido, sin duda alguna, la pregunta más temida y aborrecida por parte de aquellos que prefirieron la obscuridad a la luz; de aquellos que se limitaron a ser sólo partes pasivas en la vida, y de los que, aun sabiendo más, prefirieron dejar a sus semejantes sumergidos en la ignorancia para aprovecharse así de esta situación y asegurar su poder. Y esto no fue únicamente en el pasado sino que ocurre también ahora y allí donde las condiciones sean favorables a su desarrollo.


La segunda pregunta, ¿Cómo?, también ha dado lugar a multitud de teorías e hipótesis. Pero la continua formulación de la misma, expresada en búsquedas, investigaciones y experimentos, conduce e impele a las ciencias hacia adelante en sus múltiples ramificaciones, y muchos hechos y afirmaciones, comprobadas y aceptadas hoy por la generalidad como algo natural y lógico no solamente hubieran parecido algo imposible y fantástico en el pasado sino posiblemente causa de condena, tortura, persecución o castigo. Aún hoy día no está la humanidad libre de estas condiciones y actitudes restringentes en muchos de sus aspectos vitales, sobre todo considerando las relaciones y contactos cada vez más estrechos entre los distintos pueblos.


La realidad es que se suele temer a la verdad. Es por ello que se temen las preguntas de ¿Por qué? y ¿Cómo? Estas preguntas son como barrenas que penetran profundamente en todo aquello sobre lo que son aplicadas, sacando a la luz hechos que cuando son reconocidos y aplicados debida y correctamente vencen los prejuicios, la ignorancia, el fanatismo, el temor, el odio y toda clase de limitaciones, ya sean mentales o materiales.


Apliquemos la pregunta ¿Por qué? a los problemas puramente humanos, como, por ejemplo, los prejuicios raciales. Preguntemos a una persona que sustente tales prejuicios el "por qué" de su actitud y veremos que, a medida que profundicemos más y más con esta pregunta, esa persona irá ofreciendo argumentos fundados más y más en premisas verdaderamente absurdas, que no tienen pies ni cabeza y que, finalmente, no sabrá ya qué contestar o replicar. Asimismo, veremos que la mayoría de las veces esa persona así acorralada nos odiará por haber dejado al descubierto su pobreza espiritual y su vacío interior. Esa pobreza espiritual y ese vacío interior o estrechez mental pueden ser debidos a una mentalidad primitiva, pero más a menudo radicará la causa en una educación deficiente, superficial, descuidada e indiferente.


Los prejuicios no son necesariamente innatos. En el ser humano residen valores que sólo necesitan ser reconocidos, despertados, fortalecidos y sacados a la superficie para que lleguen a formar parte integrante de la vida consciente de cada uno de nosotros, contribuyendo así al desarrollo personal y al bienestar colectivo.

 

Hay, empero, barreras y obstáculos que vencer, tales como el orgullo, la vanidad, la ignorancia, la soberbia, la superstición y el fanatismo, además de las debilidades más profundamente arraigadas en el ser humano, como ser la indiferencia y el temor. En sentido figurado, estos obstáculos son como muros que se interponen entre el hombre y unas condiciones de vida más armoniosas y más elevadas; estos muros han de ser derrumbados, uno a uno, y, más que nada, desde el mismo interior del hombre y en un esfuerzo individual. No es meramente un proceso que se pueda realizar colectivamente desde afuera, mas si se puede facilitar tal labor individual consciente por medio de una orientación más integral acerca de la vida y del hombre.


Si es un hecho reconocido el que cada día que transcurre se van estrechando las relaciones internacionales, y que los distintos pueblos o grupos de naciones dependen más y más las unas de las otras para conservar su bienestar y levantar su nivel de vida, deberá ser asimismo un hecho que va siendo necesario cada vez en forma más apremiante: el laborar activamente para que el acercamiento entre los pueblos se lleve a cabo también sobre otros planos que meramente el político, comercial, económico o industrial.


Los intereses políticos o económicos requieren estar fundamentados en el entendimiento, la comprensión, la tolerancia y la mutua simpatía humana, en forma individual y colectiva, si es que verdaderamente se desea afirmar, ampliar y conservar aquellos para beneficio de toda la humanidad.


Es aquí donde una educación apropiada y debidamente dirigida con visión universalista, debiera ser el punto de partida positivo para lograr una mayor armonía internacional y un mejor entendimiento entre los pueblos, de acuerdo con sus respectivas culturas, costumbres y tradiciones.


Nuestra situación actual exige un enfoque universalista en todos los campos de las relaciones humanas y ¿qué campo de actividad, qué labor es más esencial, más importante, básica y de decisiva importancia como la educación?

 

Por Herbert Teschendorff, F.R.C.
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.
Marzo de 1965


Publicado por cutronio @ 20:06  | Sociedad
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