Viernes, 14 de diciembre de 2012



Tanto en los libros religiosos como en los que tratan de mitología hay muchos ejemplos de acontecimientos que los hombres llaman milagros.


Estos sucesos se creía que eran el resultado de una intervención divina y directa en los asuntos diarios del hombre. La historia del hombre demuestra, en casi todas las épocas y en todas las razas, sean cuales fueren sus creencias, que estos milagros se realizaron. La circunstancia de que quedaron consignados en la historia principalmente en las primeras etapas de la civilización, más que en nuestra propia época, lleva a muchas personas a creer que esos sucesos son exageraciones de quienes los relatan.


No es esta la ocasión ni el lugar para analizar si los milagros ocurrieron o no; debemos más bien considerar aquí el efecto psicológico en los individuos que creyeron en los milagros. Es decir, no nos interesa aquí estudiar la prueba o la falta de pruebas de la intervención divina en los asuntos del hombre, pero sí queremos estudiar la reacción de los seres humanos ante lo que ellos creían que eran milagros.


Es seguro que las poblaciones del Mediterráneo Oriental en tiempos de la historia antigua, creían que los milagros eran cosa verdadera. Hay narraciones en los escritos de muchos países y razas acerca de cómo un dios o varios dioses llevaban a cabo diversas hazañas, muchas veces encaminadas a producir algo inesperado y, en algunos casos, algo deseado; otras veces lo que se realizaba era la suspensión de algún suceso natural, para que ocurriera algo diferente de lo esperado. Hay narraciones que nos hablan de que el mundo se quedó inmóvil, o más bien que el sol se detuvo.


Los dioses del Olimpo tomaban frecuentemente forma humana y descendían a mezclarse con las gentes de la antigua Grecia, y llevaban a cabo acciones diferentes de las que ejecutan los hombres corrientes. Por lo tanto, el individuo de aquellos tiempos no ha debido sorprenderse mucho con cualquier suceso, porque creía en milagros.

 


Hubiera o no superstición, ha debido existir entonces una conciencia directa del Ser Divino por parte de más personas que hoy. Algunos creían que este Ser era adverso, que sus milagros interrumpían la satisfacción de los deseos; otros, lo tomaban como favorable y esperaban que cualquier problema sencillo de sus propias vidas fuera resuelto por intervención divina.


El criterio final para juzgar a esos individuos es el de si eran o no mejores las gentes de aquellos tiempos de lo que son hoy, cuando no se espera, psicológicamente por lo menos, que se realicen milagros estrechamente relacionados con nuestra vida diaria. Cuando leemos las advertencias de los antiguos profetas y los consejos y súplicas de los filósofos y preceptores de las antiguas escuelas de los misterios, nos inclinamos a creer que la gente de entonces no estaba mayormente influenciada, en cuanto se refiere a su conducta, por la creencia de su estrecha asociación a una Fuerza. No parece que aquellos pueblos antiguos fueran mejores que los de hoy. En realidad, las faltas de algunos de ellos hacen parecer pequeños los mayores desmanes de la conducta humana de hoy.


Esto no nos lleva por la fuerza a considerar el asunto de si los milagros pueden o no suceder todavía; sin embargo, el hombre piensa cada vez menos en una Fuerza Divina en relación con los asuntos de su vida diaria. Hay individuos profundamente religiosos que creen que esta Fuerza funciona en estrecha unión con ellos en su vida diaria. En general, se adopta una actitud más racional con respecto a tempestades y desastres; o, por otra parte, se considera a las buenas cosechas y las manifestaciones de la ciencia como el resultado del trabajo del hombre. Poca atención y poco agradecimiento si es que hay alguno, se da a que Dios permita el cumplimiento de estas cosas en el mundo diario del hombre.


En realidad, los milagros de hoy son los milagros de la comprensión que el hombre tiene de su propio lugar en el Plan Cósmico. En cierto sentido, podría decirse que el péndulo ha pasado de la creencia en que todos los sucesos son el resultado de la intervención directa, hasta el otro extremo de creer que el hombre está solo y no necesita ninguna guía divina.


Entre estas dos posiciones está el hombre que sabe que él es un segmento de una fuerza mayor que las ideas que forman su propia mente, y que sabe que el mayor milagro que ha acontecido o pueda acontecer es que una fuerza que tiene sus raíces en la esencia divina funciona a través del hombre y que el hombre puede dirigir esta fuerza y llevar a cabo por medio de ella lo que en un tiempo fue considerado como milagro.


La vida feliz, la vida buena que el hombre debía llevar, para alcanzar la paz y la armonía en su ambiente y en su trato con el prójimo y demás criaturas, es una vida inspirada en la intima relación que existe entre él y la fuente de toda vida. Esto se alcanza por medio de la contemplación del lugar que ocupa en el universo y de la relación que tiene su alma o su verdadero yo con Dios. Los métodos y procedimientos que den al hombre fe para comprender mejor esta relación lo llevarán a alcanzar una vida feliz.

 

Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.
Noviembre de 1948 


Publicado por cutronio @ 9:41  | Metaf?sica
 | Enviar