Martes, 11 de septiembre de 2012



¿Habrá alguna vez en el misticismo y en la mente una matemática práctica? Pareciera que los dos campos están relacionados con funciones del ser por completo inconexas. Aquellos que se sienten atraídos por el misticismo a menudo sienten rechazo por la árida complejidad de las matemáticas, en tanto que los matemáticos rechazan el sutil encanto del misticismo. Sin embargo, los alquimistas del Renacimiento encontraron en las matemáticas una clave esencial para su comprensión mística. John Dee, un alquimista, matemático y Rosacruz del siglo XVI, consideró que las matemáticas "se encuentran (de cierta manera), entre las cosas sobrenaturales y las naturales..."


Si acaso ha de operarse alguna vez un cambio de una orientación materialista a una mística, será necesario que aparezca el hombre conciliatorio, un mensajero, por decirlo así. Y este mensajero bien podrá danzar en los libros de texto del siglo XXI, ataviado con extrañas fórmulas algebraicas y nuevos sistemas numéricos.


Para nuestros propósitos, diremos que misticismo es explorar no sólo la relación horizontal del estrecho plano de nuestra experiencia mundana, sino también la relación vertical que se halla entre los muchos planos que comprenden nuestra experiencia mental. Cuando hablamos de planos de experiencia, nos referimos a los planos o grados de manifestación del Mundo fundamental. Esperamos que en este artículo podamos explicar las relaciones o dimensiones de la Mente en una forma susceptible a los números y, por ende, darles una interpretación matemática.


Alguien podría preguntar: ¿De qué serviría que la Mente tuviera una comprensión matemática? Sería útil, principalmente, como un medio para aprovechar algunas de las paradojas y coincidencias del mundo físico a las que nos enfrentamos en nuestro ascenso. A los físicos modernos se les hace aún difícil explicarse el extraño comportamiento de ciertas partículas subatómicas. En nuestra vida actual, las coincidencias "afortunadas" o "desafortunadas" desafían continuamente nuestra capacidad para excusar nuestros errores.


Una Mente de comprensión matemática podría ayudarnos a encontrar una explicación para dichas coincidencias y capacitarmos para buscar el tiempo, los lugares y los tipos de manifestación que pudieran presentarse bajo determinadas condiciones. Es muy posible que descubramos que, en un plano superior, la "suerte" sigue una ley de causa y efecto tan precisa y rigurosa, como la ley de causa y efecto que se manifiesta en el plano físico.


Una Mente matemática serviría como un mapa en el cual quienes viajan por los reinos del desarrollo subjetivo y de la experiencia intuitiva, podrían hallar comodidad y guía. El ser consciente se ve arrastrado muchas veces, en un estado de justa protesta, a lo largo de los viajes verticales. Un mapa que le muestre qué hacer, qué esperar y cuándo, podría allanar el camino al recalcitrante ser consciente y proveerle una sensación de utilidad.

 



Un panorama de la mente

Para empezar nuestro bosquejo del panorama de la Mente, seguiremos la dirección señalada en un fascinante ensayo escrito por el doctor en filosofía Walter J. Albersheim, F.R.C., en el que propone un enfoque topológico de la Mente. Dice que imaginemos un universo consistente en cinco o más dimensiones, empezando con las tres dimensiones materiales conocidas de largo, ancho y hondo, luego agreguemos el tiempo como una cuarta dimensión y la Mente como una quinta. Puesto que es difícil visualizar cinco dimensiones simultáneamente, sugiere que simplifiquemos el cuadro condensando las tres dimensiones materiales en una sola, porque lo largo, ancho y profundo no tiene importancia en los asuntos puramente místicos. Retendremos el tiempo, nuestra cuarta dimensión, porque el progreso místico a menudo puede ser comprendido en base al tiempo.


El problema radica en analizar las dimensiones subordinadas de la Mente, nuestra quinta dimensión, y dividirlas en atributos a los cuales puedan asignarse números. Al hacerlo, introducimos la primera de las tres dimensiones de la Mente, la dimensión que mide la distancia mental y emocional que debe viajar el alma para llegar a la unidad de la experiencia, esa ausencia de relación llamada Dios. Ese punto de unidad mide el grado hasta el cual se manifiesta el Verbo y puede ser definido como la intersección donde los entes conscientes cruzan todos los senderos.


No obstante, necesitamos otra dimensión. La gente es diferente; los senderos de la gente son diferentes. Esas diferencias tienen que ser tomadas en cuenta de una manera mensurable. Esto nos sugiere la ley de la polaridad mística, como segunda dimensión de la Mente. Esta dimensión mide las diferencias de acuerdo con una polaridad, una polaridad que define cierta escala común de comparación, una escala, como un termómetro, entre los opuestos comparables. Los diferentes grados de temperatura son ordenados en una escala común que tiene como polaridades definidas lo caliente y lo frío.


También es necesaria una tercera dimensión de la Mente, a fin de poder medir la relación entre el número infinito de escalas comunes diferentes, que conforman y explican la riqueza de la Creación. Esta dimensión añadiría profundidad al mundo de la Mente, quizás con el símbolo de una esfera, un cono, un cristal o alguna otra forma.

 


Las tres dimensiones de la mente

Las tres dimensiones de la mente (es decir, la medida del grado de manifestación; la polaridad entre los diferentes objetos mentales de una escala común; y la comparación entre polaridades de diferentes escalas comunes) están correlacionadas análogamente con las tres dimensiones materiales de largo, ancho y hondo. Quizás esto sea todo lo que necesitamos para trasformar los principios metafísicos confusos en un álgebra mística funcional. Las dimensiones mentales son simples e interesantes. Para determinar de una manera práctica si son mensurables, se requiere de un pensamiento firme y una sólida base de experimentos. En esto radica el problema.


Afortunadamente, las Escuelas de los Misterios de la antigüedad nos heredaron un símbolo muy versátil que se relaciona gráficamente, cuando menos, con las dos primeras dimensiones mentales mencionadas antes: ese símbolo es el triángulo. Un triángulo equilátero con la punta hacia arriba, posee un plano "inferior" con una sola base, representando la escala común por medio de la cual pueden compararse dos objetos mentales diferentes. Estos dos objetos, comprendidos ahora como una polaridad debido a su escala común, están representados por las dos puntas inferiores del triángulo.


La punta "superior", donde se unen los dos lados verticales, representa la unidad que reconcilia a los opuestos. La altura del triángulo, medida por la distancia comprendida entre la punta superior y la base, representa el grado de manifestación entre la unidad y la polaridad. Esa tercera punta puede ser definida como el plano de manifestación de la existencia, por medio del cual dos polos de otro plano inferior de manifestación se vuelven la misma cosa. El tiempo (úsese con cautela) puede ser comprendido desde el punto de vista de movimiento hacia arriba, hacia abajo y a través de la cara del triángulo.


De inmediato se hace obvio que, aunque nuestro triángulo (y cualquier símbolo que seleccionemos para combinarlo con éste a fin de añadir profundidad a la fase general de la Mente y simbolizaría de manera adecuada), necesitamos un medio para medir o determinar el grado de las dimensiones de nuestro triángulo que, en cierto modo, son susceptibles a los números. En otras palabras, nuestro triángulo gigantesco proyecta su tercera punta hacia lo alto del Cielo y los dos polos de su base se proyectan hacia lo más bajo alcanzando lo mundano.


Es necesario imaginar también un sistema de rejilla compuesto de pequeños triángulos, todos equiláteros, para describir las diversas condiciones intermedias. Numéricamente, ese sistema representaría la infinidad de dilemas de la vida que caracterizan nuestro ascenso personal. En otras palabras, cuando usamos dos líneas de números, la primera para medir uno de los lados verticales del triángulo gigante (X), la segunda para medir el otro lado vertical (Y), nos es posible calcular la posición y el grado de manifestación de la tercera punta de cualquier triángulo, para luego determinar las coordinadas numéricas de las dos puntas inferiores.


Este es el puente que nos conduce hacia lo Cósmico.


El valor que tiene dividir nuestro triángulo gigantesco en pequeños triángulos numéricos, reside en que podemos trabajar con planos de manifestación no separados del nuestro. Proporciona un mapa de las colinas donde los escaladores pueden prepararse de manera segura, antes de intentar ascender las más rigurosas alturas de la experiencia mística. Así pues, esperamos que ustedes encuentren el modo de emplear nuestra álgebra mística en los problemas y confusiones a las que se enfrentan todos los días, de aplicarla a la crítica de la educación, de la música y de la literatura, a la diplomacia y a las relaciones humanas.


Esto solamente es, ¡qué lástima!, una especulación no comprobada. Sin embargo, pese a que representa un breve bosquejo de los métodos mediante los cuales puede ser posible trazar un misticismo práctico y útil de las matemáticas, esperamos haber revelado lo suficiente para estimularles a que se dediquen a esta línea de pensamiento y, quizás, puedan experimentar sus efectos.

Por Mark Moulton, F.R.C.
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.
Enero de 1990


Publicado por cutronio @ 23:11  | Misticismo
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