Martes, 10 de abril de 2012


Hay una cosa incrustada en la estructura del pensamiento humano que bien podríamos titular la cualidad autoevidente. Es quizás más fácilmente definida por la paráfrasis de la famosa sentencia de Descartes: "Lo pienso; por lo tanto, es".


Pese a que cualquier cosa que pensamos es así para nosotros, es verdad en un sentido limitado; esta cualidad autoevidente es imperfecta, fea y patética en los campos más generales de la lógica y la verdad universal por la que luchamos. Es el origen de las luchas domésticas y las usurpaciones de la libertad, y la causa de la intolerancia religiosa y el fanatismo.


Los pensamientos son, casi con seguridad, las cosas más ínfimas que tenemos. Están más cercanos a nosotros que la ropa que usamos. En tales frases breves como "Yo pienso" y "Yo no pienso", puede encontrarse la total cualidad de lo autoevidente.


Como todas las cosas, la cualidad autoevidente es buena usada con moderación: los pensamientos de un hombre jamás dejan de tener algún valor. Sin embargo, es la excrecencia de la cualidad la que causa problemas y males humanos. Nuestros pensamientos son queridos para nosotros; sin embargo, deberíamos evitar un nexo demasiado sentimental con ellos.


Un niño se acerca a un extraño e inmediatamente comienza un catálogo de confidencias, impresiones que, para él, son de importancia autoevidente, y presumidas como universales: "Yo tengo un nuevo gato. Lo llamamos Tomás. Papá dice que mamá tiene que darle leche". Cuando adultos, las impresiones incorporan más preocupaciones abstractas; sin embargo, está presente la misma cualidad de presunción.


Cuando dos personas pensantes están juntas, los temas de la política y de la religión parecen atraerlos hacia los arrecifes de la incompatibilidad personal, debido a la extraña tenacidad en cada uno de aferrarse a lo que piensa.

 


La humanidad en la pobreza es dura. En la riqueza es aún más dura. Del mismo modo, la cualidad autoevidente se hace menos tolerable en autoridad que en ignorancia. Vista usted a un hombre con ropas de oficina y él tenderá a asumir una actitud de mayor autoridad de la que requiere su posición. Una eminencia social parece muchas veces conferir el derecho divino a pronunciarse acerca de todos los temas. Enseñado por la creciente convicción de infalibilidad, él fácilmente da ese corto paso que lo separa del papel de dictador.


La cualidad autoevidente hasta invade nuestros sentimientos de posesión. Saqueamos, robamos, mentimos o estafamos muy dulcemente. Describimos nuestras ganancias con algún bonito eufemismo, como ser "sentido de negocios" o la "liberación" de algún objeto codiciado. Para el estudiante de psicología, la cualidad autoevidente le imparte a un pensamiento fortuito la vestimenta de una declaración divina. Es usurpada la verdadera facultad intuitiva. La consecuencia puede ser alguna ridícula declaración entregada con la fuerza apropiada sólo para un Moisés.


La cualidad autoevidente no deja de invadir menos el reino del pensamiento colectivo en lo que bien podría llamarse pensar estratégico. Expertos que discuten calmadamente la situación internacional (y con un soberbio raciocinio) consideran movimientos y medidas para obstaculizar la agrupación de algún poder opuesto. Aquellos del poder opuesto están en su casa sentados con un raciocinio igualmente soberbio, con pensamientos similares. Medidas defensivas justificables para uno se vuelven ambiciones imperialistas objetables para el otro.


Parecemos vagar a veces en un bosque de pensamientos. Que la cualidad autoevidente necesita de una maestría, no deberíamos ponerlo en duda. En la forma de "voces" puede llegar a la locura. Eslabonada a la nada intuitiva de la firme roca de divinidad del ser, puede (paradójica y finalmente) proveer esas hipótesis y experiencias verdaderas en las que depende todo el progreso humano.

 

Por J.C. Perry
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.
Mayo de 1969 


Publicado por cutronio @ 20:55  | Alquimia
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