Lunes, 26 de marzo de 2012

Un poema de adoración, exquisitamente modelado en mármol hace más de 300 años, atrae a muchos turistas a la India; no obstante, el Taj Mahal me intrigó menos que el eterno drama de devoción religiosa que se representa diariamente a lo largo del Río Ganges, en la antigua ciudad de Varanasí.


En los albores de su fundación, antes del siglo VI a. de C., la ciudad fue conocida con el nombre de Kashi. En siglos más recientes Kashi ha sido llamada Varanasí (o Benarés, como se le conoce en occidente). Pero cualquiera que sea el nombre, esta ciudad siempre ha sido un lugar sagrado para los devotos hindúes y, por lo menos, es tan vieja, si no lo es más, que la antigua ciudad de Roma. Siendo un importante centro cultural en el siglo VI a. de C., Gautama Buda llegó aquí proveniente de Gaya para establecer su religión, y cerca de mil años más tarde, en el siglo VII d. de C., el célebre peregrino chino Hsuan Tsang elogió a Varanasí como una gran ciudad con cientos de templos budistas e hindúes.


En Varanasí, el Ganges que fluye con rumbo al sudeste gira graciosamente hacia el norte formando en su ribera, a lo largo de unos nueve kilómetros, una escalera de más de 100 tramos de escalones (ghats) que se adentran en el río, con la ventaja ceremonial de que dan el frente al este, en donde sale el Sol.


El río, considerado por los hindúes el "Supremo Dador de Vida", nace en una gruta de hielo al pie del Himalaya, en un campo de nieve a 3.500 metros sobre el nivel del mar, y a 2.500 kilómetros río abajo deposita sus aguas en la Bahía de Bengala, llevando en su corriente toneladas de valiosa tierra, cenizas humanas y cuerpos de hindúes bendecidos por el río, demasiado pobres para ser cremados.


En su largo recorrido hacia el mar, el Ganges atraviesa una de las áreas más densamente pobladas del mundo; en su curso riega los cultivos, aunque por lo regular los cubre de lodo y arrasa con las cabañas de los campesinos quienes, no obstante esto, lo veneran. Miles de peregrinos viajan a Varanasí, la ciudad más sagrada para los hindúes, provenientes de todas partes del mundo. Los más pobres caminan durante meses para bañarse en las aguas del Ganges, en su búsqueda de un pasaje espiritual hacia la eternidad.




Confusión en la madrugada

Llegué a Varanasí al cabo de cinco días de haber viajado más de 20.000 kilómetros por avión, ómnibus y a lomo de bestia. Por último, algunos compañeros y yo emprendimos el viaje hacia el río en la oscuridad de la madrugada, ayudados por Joe Langeh, un guía hindú. Viajamos en ómnibus por una carretera bordeada de puntos de luz mortecina, reflejada por lámparas de queroseno en incontables establos que sirven de lugares de negocios y viviendas para muchos hindúes.


Rebaños de cabras y perros se movían en las sombras: carretas jaladas por bueyes y asnos conducían a la gente y sus productos agrícolas a diversos lugares. Nuestro chofer, quien había recibido instrucciones de hacernos llegar al Ganges antes del amanecer, tocaba impaciente la bocina apartando a todos de nuestro camino, menos a las impasibles vacas.


A medida que el cielo se tornaba de color gris por la incesante humareda producida por millones de pequeñas fogatas, viajamos con toques de bocina y traqueteando por el Camino Chaitganj, dejando tras nosotros talleres de reparación de bicicletas, puestos de tejidos, distribuidores de nueces de betel y alimentos condimentados. Un sastre pedaleaba una máquina de coser, compartiendo la débil luz de una bombilla eléctrica con un peluquero vestido con un atuendo típico, que afeitaba a un cliente vestido de vaquero.


Un poco adelante de la Estación de Policía Chowk, bajamos del ómnibus en una agitada intersección de la Carretera Aurangabad, una área de ruinosas dharamsalas (casas religiosas de descanso), almacenes vacíos y fábricas miserables. De inmediato nos vimos envueltos entre una procesión de peregrinos, mendigos, pequeños carruajes de dos ruedas tirados por hombres, bicicletas y carros de alquiler, que iban y venían desordenadamente en todas direcciones. Joe nos advirtió: "Quédense junto a mí. Si se extravían, se perderán la salida del Sol".


Volteando hacia la Calle B. Biswanath Singh, nos encontramos circundados entre muros llenos de murmullos, con escenas caleidoscópicas plenas de colorido, que cambiaban más rápido de lo que el ojo podía registrarlas. Sobre nosotros pendían galerías abiertas, donde mujeres vistiendo sarís realizaban sus tareas domésticas, sentadas en cuclillas junto al fuego en el que cocinaban chapati (pan común). Niños desnudos salpicaban el agua de una pileta. Al nivel del suelo, pequeñas tiendas exhibían reluciente joyería de oro. Una niña de 12 años de edad, con un adorno en la fosa nasal, dormía bajo una frazada raída, inconsciente de la muchedumbre que pasaba de prisa por el empedrado.



Un canto rítmico

Entre la agitación del apresurado movimiento humano, escuché un canto rítmico y el golpeteo suave y continuo de pies descalzos. Un hombre enjuto de blanca cabellera que le caía en rizos sobre su atuendo anaranjado, caminaba tras de mí mostrando una beatífica sonrisa mientras recitaba un mantra del Bhagavad Gita.


Ni yo ni nadie de la multitud existíamos para este hombre sagrado, concentrado en su recitación, mientras caminaba presuroso a saludar al Sol. Hombres ansiosos por ingresar en Vishwanath, el Templo Dorado, cruzaban apresuradamente por la angosta puerta del lado derecho de la calle, empujando a todos menos a los peregrinos descalzos: en un espacio inviolable, su dharma los protegía de los excitados adoradores.


Perdí su canto en el estruendo del Templo Dorado, la casa terrenal de Shiva, deidad protectora de Varanasí. Ahí se venera el lingam de piedra negra de Shiva, el cual es bañado, ungido y decorado con flores. La escultura rechoncha, redondeada, representa el poder mediante el cual, como Ishvara, Shiva creó la trinidad de Brahma, Vishnú y él mismo.


Después que pasamos el Templo Dorado, disminuyó la muchedumbre y se tornó menos turbulenta en la callejuela que era lo bastante ancha únicamente para dos personas lado a lado y una vaca gorda. Para mi sorpresa, los animales reluciendo de limpios esperaban pacientemente ser alimentados, alineados contra los muros entre pequeños santuarios, ermitas y tiendas donde se vendían cordones de caléndulas, incienso, pasta de madera de sándalo y urnas de bronce para agua bendita.


El aire era una mezcla de olores de cocina, pétalos de rosa y estiércol. A medida que el cielo se tornaba más brillante, la multitud se movía con más rapidez. El hombre sagrado continuaba atrás de mí, todavía cantando; su andar se emparejaba con el de mis piernas más largas.


 

Llegada a los Ghats

La calle terminó súbitamente: habíamos llegado al Ghat Panchganga. Había esperado diez años para pararme en esta amplia avenida de piedra situada en lo alto de los peldaños que bajan hacia las aguas gris-verdes del Ganges. Ahí estaba ante mí y me sentí contenta. Deslizándose suavemente a lo largo de los ghats, el Ganges se pierde en el horizonte de espesa bruma. El río corre benigno, sagrado y sereno. Me pregunté cómo se vería durante el monzón, cuando se enfurece y crece tanto que inunda el lugar donde me hallaba parada y toda la ciudad.


Algunas ancianas sentadas en cuclillas alargaban platillos de metal, suplicando que se les diera alimento o una rupia. Un leproso con las manos envueltas en vendas por donde salían fragmentos de dedos, se detuvo frente a mí. Masculló unas palabras haciendo movimientos con la boca que daba compasión, pidiendo alimento: tres leprosos más imploraban con los ojos. Decidí que a mi regreso les daría a ellos y a las mujeres algunas rupias, después de grabarlos en mis imágenes mentales y fotográficas.


Enfoqué mi cámara en diez mujeres que vestían saris de seda de exquisitos colores: se encontraban sentadas en la senda de piedra cantando suavemente y, en medio de su círculo, el símbolo de Shiva emitía la fragancia de incienso de violeta quemado. Me di cuenta que el Sol había salido, porque brillaba en los brazaletes que lucían en sus tobillos y brazos. Una pequeña cabra sucia, que daba golpecitos en la piedra con sus minúsculas patas, rozaba desapercibida un sari de seda.


Con la llegada de los últimos peregrinos, descendí los grandes peldaños, con un temor reverente por la intensa energía espiritual emanada de este inmenso ghat. Los hindúes me ignoraban, considerándome quizás una curiosa entrometida, y me sentí agradecida de que me fuese permitido encontrarme en ese venerado lugar, donde los peregrinos se preparan para liberar sus almas de un incesante ciclo de encarnaciones.



Dentro del río

Nuestro guía me hacía señas con la mano para que me apresurara a subir a un bote abierto que estaba esperando. En la orilla, el río se veía más claro que el Delaware en Filadelfia o el Mar Egeo en Mikonos. Cientos de piernas estaban dentro de las aguas del Ganges sin revolver el sedimento, porque aún permanecían en los peldaños que descienden hacia lo más profundo del río.


Advirtiendo mi apreciación de la multitud de escenas, Joe me dijo: “Algunos turistas encuentran repugnante la cultura de Benarés: conocí a una pareja de California que dijo, 'salgamos de aquí'. Tomaron el primer avión de regreso a casa”. Se encogió de hombros e hizo señas a dos ancianos indicándoles que empezaran a remar.


El Sol había ascendido dos dedos en el horizonte, reflejando una zigzagueante línea anaranjada a lo largo de la tranquila superficie del Ganges, que lucía como un espejo.


Dos dhows cargados con caña de azúcar rompieron la línea anaranjada, formando siluetas contra la orilla oriental. Desde el río, el panorama parecía una pintura de Maurice Pendergast, con manchones de vívidos colores de los saris que lucían las mujeres que se hallaban a lo largo de los escalones. En el agua flotaban caléndulas junto a pequeñas lámparas de aceite de alcanfor, símbolos de la luz que dispersa las sombras de la ignorancia.


Muy por encima de los escalones se dibujaban las siluetas de templos todavía hermosos, construidos en el siglo XVII, pareciendo que tocasen el cielo. Barandas y balcones de los palacios forman diseños geométricos, para deleite del ojo matemático.


Templos y palacios, construidos por maharajás para su comodidad mientras adoran a sus dioses, se elevan como gigantes monumentales que protegieran a los ghats.



El rostro de Vishnú

El rostro impasible de un adorador, sentado en posición de loto sobre una plataforma de piedra, resplandece, como si Vishnú, en su reencarnación como el Sol, estuviese impartiendo su bendición. Debajo de él, llegan cada vez más hindúes para sumergirse en el agua hasta la cintura, para orar con los ojos cerrados y las manos enlazadas, mientras rinden homenaje a Vishnú.


Una anciana yace en la ribera del río: fue llevada hasta ahí con la esperanza de que en su última hora, sus pies estuvieran dentro del Ganges sagrado a fin de que su alma fuera liberada, para unirse a los iluminados en la eternidad, en el paraíso de Brahma.


Pasamos flotando frente a un área escarpada y arenosa de la orilla, donde los dobiwallahs golpean ropa sobre las rocas y la tiran sobre la orilla para que se extienda y se seque. En un sistema social de castas que aún perdura, estos hombres realizan el mismo trabajo humilde que ejecutaron sus antepasados. Al acercarnos a un Manikarnika, un ghat ardiendo, Joe nos previno: "Tomen sus fotos a una distancia respetable". Un cuerpo ya había sido cremado, cuando aparecieron cuatro hombres llevando una camilla de bambú con el cuerpo de una mujer envuelta en un sari rojo.


Un quinto hombre vestido de blanco, probablemente el hijo mayor de la mujer, seguía la procesión golpeando un gong y cantando "Ram es la verdad". El cadáver fue colocado en una pira, se le roció con agua del río y encima se le colocaron leños. Un balde con ghee, mantequilla clarificada, fue vertida sobre el cuerpo. Luego el hijo cogió una antorcha ardiendo de madera de sándalo y la colocó en la boca de su madre. En corto tiempo, sólo sus pies sobresalían de las llamas, mientras su alma escapaba de su cuerpo terrenal que se iba consumiendo. Los deudos se pusieron en cuclillas silenciosamente alrededor de la pira, mientras ésta se quemaba despidiendo una columna de humo negro que se enroscaba en un pilar de piedra.


El barquero dio la vuelta y remó contra la corriente. Para entonces había menos gente en los peldaños. "Mi madre viene todos los años al río", dijo Joe. Se inclinó hacia adelante y ahuecando las manos en forma de tasa, cogió agua y la bebió. "Creemos que el Ganges es sagrado y puro, porque contiene sulfuro y otros minerales. Para mí es segura: para ustedes no".


Cuando a nuestro regreso subí los peldaños de piedra del ghat, ya no encontré a los leprosos. Una minúscula mujer desdentada me siguió, revoloteando su sucio sari amarillo. Antes de que yo pudiera objetar, envolvió su mano con el sari para no mancharme cuando aceptara mis rupias. Esa acción, las escenas y observancias antiguas de multitud de tradiciones eternas, se combinan todas para presentar una imagen de la India profundamente enraizada en una cultura misteriosa, que abruma la mente occidental más receptiva y sin prejuicios. Cualquiera que sea el efecto, dice un profesor hindú, "usted no puede ver a la India sin cambiar de una manera indefinible".



Por Kitty Baker
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.
Julio de 1989


Publicado por cutronio @ 19:31  | Historia y tradici?n
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