Mi?rcoles, 29 de febrero de 2012


Es tanto lo que se ha escrito sobre el tema de la inmortalidad, que cualquier cosa que se diga acerca de ella no llega a ser sino otra manera de expresar ideas que hace tiempo han sido captadas por la consciencia de la humanidad. La religión, la filosofía y la ciencia, han intentado interpretar este tema que aún persiste en la mente del hombre como un anhelo de encontrar la respuesta a aquello que sigue siendo para él desconocido en alto grado. Lo desconocido es lo que le fascina al hombre, y lo que le hace emplear gran parte de su vida en la búsqueda de respuestas que se lo expliquen. Muchos son los que gastan tiempo y esfuerzo así como grandes cantidades de dinero tratando de satisfacer su curiosidad y encontrar una respuesta que no se halla en su campo inmediato de experiencia.


Si no fuera por la fascinación de lo desconocido, el hombre no sentiría el impulso de ejercitar su pensamiento e incitar su curiosidad. La tendencia del hombre y su deseo de investigar lo desconocido en su intento de hallar la respuesta ha dado por resultado las diferentes civilizaciones que el hombre ha creado, así como también una mayor habilidad que el hombre ha desarrollado para enfrentarse con su medio ambiente, manejando el mundo físico de manera que le depare satisfacción, comodidad y placer. Por su deseo y empeño en hacer retroceder las fronteras de lo desconocido, ha ensanchado su consciencia de tal manera que hoy día el hombre civilizado vive en un medio ambiente mucho más complicado que el de sus antepasados.


Examinar el conocimiento que el hombre ha adquirido durante el pasado siglo, en comparación con los siglos anteriores, es darse cuenta de lo mucho que ha sido capaz de aprender. Muchos fenómenos que eran misterios y se hallaban confinados por completo al reino de lo desconocido, hace un siglo o poco más, son en la actualidad hechos evidentes que se tratan en forma elemental en nuestras escuelas primarias.


Con todo el progreso del hombre en lo que respecta al mundo material y el retroceso de las fronteras de lo desconocido, aquello que respecta a la mente, la consciencia humana y el alma del hombre es aún terreno virgen. Sabemos poco, o quizás nada más acerca de las fases intrincadas de la consciencia del hombre, su mente y alma, de lo que era ya conocido para los sabios y maestros del pasado. En este terreno el progreso no ha marchado a la par con el progreso del mundo material. Probablemente cuando el hombre prestaba más atención al análisis de sí mismo, a la contemplación de su propia existencia como entidad viviente o alma, se hallaba más íntimamente entonado con la significación de estos aspectos inmateriales de su existencia que muchos hombres en la actualidad.


Hay quienes hasta llegarán a decir que el conocimiento humano en el campo mental y psíquico ha disminuido, mientras que el conocimiento en el terreno material ha aumentado. Esto podría debatirse, pero si juzgáramos por el valor que hoy se da a las investigaciones intelectuales, entonces tendríamos que admitir que los grandes pensadores del pasado eran probablemente más conscientes de sí mismos como almas vivientes, que el individuo promedio de hoy día.


Uno de los muchos problemas serios que continúa en pie en el campo de lo desconocido es el de la inmortalidad. No voy a intentar en este momento analizar el tema de la inmortalidad reiterando alguna de las teorías ya existentes, sino más bien intentaré estimular el pensamiento de aquellos que desean contemplar la profundidad de dicho tema. No debemos acercarnos al tema de la inmortalidad como en una especie de meditación pasiva, sino con la intención de comprender mejor nuestro yo interno, como una de las manifestaciones de la fuerza del alma, que es la base y fuente de todas las manifestaciones.

 


Se ha repetido insistentemente en todas las enseñanzas Rosacruces, lo mismo que en otros escritos filosóficos, que el alma es el único canal o conducto por medio del cual tenemos un contacto directo con esas fuerzas o fuentes que se hallan fuera del campo material. La inmortalidad ha sido considerada por el hombre prácticamente desde el momento en que éste se manifestó como ser pensante, como el gran misterio de todos los misterios.


Que el ser humano cese de funcionar como tal y que los restos de lo que era un ser humano no pasen a ser sino una colección de material en forma de cuerpo humano, ha sido un hondo problema para los pensadores de todos los tiempos. Mucho es lo que ha sido escrito en el campo de la literatura y de la especulación acerca de lo que ocurre al ser humano que pasa por la transición. Cuando nos enfrentamos francamente con los hechos observamos que estas leyendas y explicaciones se encuentran aún en el reino de la hipótesis. Ningún hombre ha explicado jamás a satisfacción de todos los hombres el enigma de la inmortalidad.


Posiblemente una de las razones por que nunca hemos demostrado nada es el hecho de no estar dispuestos a aceptar la realización de que la fuerza vital o alma, cuando se manifiesta a través del cuerpo humano, se halla como escondida por la entidad biológica. No tenemos la habilidad de percibir el alma como entidad pura, por lo menos con los medios de percepción con que estamos familiarizados.


Si hemos de percibir el alma misma tendremos que percibirla por medio de la visión interior, a través del canal de la intuición, por medio del proceso a que se refieren los Rosacruces como la habilidad de captar intuitivamente el conocimiento y la experiencia que existen fuera del alcance de nuestra percepción objetiva.


Creo que la mayor parte de las escuelas de pensamiento admitirán que el alma no es material, pero mientras existe en el cuerpo humano se manifiesta a través de ese cuerpo, y nuestra realización de su manifestación es como la realización de la percepción visual a través de un vidrio de color.


Juzgamos lo que vemos a través de un vidrio de color por el efecto del color en el vidrio mismo, y de la misma manera el alma es juzgada como la vemos a través de la conducta de un ser humano, y no por el alma en su estado más puro. Este pensamiento nos ha llevado a exagerar la importancia del ego, de la individualidad del ser humano. El ser humano desarrolla una individualidad que se caracteriza por un cierto conjunto de reglas de conducta.

 


En el proceso de ese desarrollo la individualidad crea su propio ego, que le lleva a considerarse a sí mismo como el verdadero yo, la entidad o personalidad real en el centro de la existencia del yo. El que el ego es en gran parte una creación de nuestro conocimiento y experiencia, incluyendo un conjunto de normas habituales desarrolladas principalmente a través de nuestras reacciones ante las percepciones objetivas, lo hace algo distinto del alma, la cual existía antes del ego, de acuerdo con la definición que estoy empleando aquí.


El ego se desarrolla con el crecimiento de la consciencia del ser. El alma es la entidad vital y ser que existía antes de la consciencia humana dentro del cuerpo físico. Es considerado como un hecho por muchos de los que creen en la inmortalidad, que este ego tiene existencia eterna, como entidad individual. Aquí llegamos al terreno de una gran controversia acerca de si existe una inmortalidad personal, o una forma de inmortalidad que es la continuación de una fuerza más bien que una unidad individual.


Mi opinión personal es (y quiero hacer constar que sólo es una opinión personal) que ninguna escuela de pensamiento transmite una imagen verdadera, que estamos limitando nuestros conceptos con el solo hecho de preguntar si la inmortalidad es personal o impersonal. Los conceptos de personal e impersonal son conceptos de nuestro propio ego, de las normas habituales que hemos creado sobre la tierra mientras vivimos como entidades físicas y nada tiene que ver con nuestro verdadero ser, el alma individual, que no se halla restringida a la limitación de ser personal o impersonal.


Creo que nuestros conceptos egocéntricos nos han empujado a formar muchas conclusiones falsas, y una de ellas es que este ego desarrollado en el espacio de una vida es transferido, en la transición, a otro ambiente o lugar, en el que continúa funcionando exactamente como lo hizo aquí.


Es posible que el concepto de inmortalidad, bien personal o impersonal, sea una ilusión de nuestra mente objetiva. Nuestro interés por la vida individual de que gozamos nos hace exagerar la importancia de nuestra individualidad, y nuestro método de vida como individuos que somos nos hace dar un alto valor a nuestra propia importancia individual.


¿No pudiera ocurrir que el alma, una vez encarnada en el cuerpo, absorba las experiencias de esta formación egóica y las inculque en una personalidad compuesta? El alma es un compuesto de muchas experiencias y se convierte en una fuerza más vasta, más comprensiva que cualquier norma o sistema de conducta que pudiera desarrollarse en las experiencias de un individuo durante el espacio de una vida.

 


La idea de usar simbólicamente la expresión el hilo de plata, como el lazo de unión entre nuestro creador y la chispa de vida dentro de nosotros ha sido empleada durante tanto tiempo, que no tengo la menor idea sobre el origen de esta expresión. El que esté o no basada sobre la evidencia o la verdad no tiene importancia alguna. Simbólicamente, el hilo de plata puede considerarse como la evidencia o manifestación del eslabón entre la fuente de toda vida y las expresiones individuales de vida que observamos en el mundo físico. Si visualizamos o imaginamos la fuente originaria de toda fuerza y energía como otro mundo en el que reside el origen de esta fuerza, entonces también podemos imaginar que, en el Cósmico, que es un término compuesto aplicado a esta fuente de energía, está el punto en que tiene su origen el simbólico hilo de plata.


Este hilo no sólo tiene simbólicamente su origen, sino que es el canal a través del cual el alma recibe su alimento y sostén. De esta unidad Cósmica o centro parten estos hilos que alcanzan a las manifestaciones individuales de vida y allí, en la terminación de estos hilos, se encuentra la manifestación de vida, tal como de ella tenemos consciencia y como la percibimos en su forma física.


La forma y explicación completa de cómo un alma, unida simbólicamente por un hilo con su fuente original, funciona sobre una base física, es difícil de describir, sencillamente porque no conocemos de manera suficiente los pormenores de este enorme enigma Cósmico. Pero lo que no podemos negar es que el alma existe, y cuando la vida en un cuerpo físico ha completado su curso en lo que materialmente llamamos tiempo, este hilo retorna a la fuente de donde procedió, exactamente como una liga de hule después de estirarse vuelve a su tamaño y forma originales.


El alma retorna, llevando consigo las experiencias en que participó durante su encarnación en un cuerpo físico. De una manera no conocida aún, al incorporarse nuevamente a la fuente original agrega al total de esa fuente todo lo aprendido, de modo que todo conocimiento, toda fuerza, toda vida y energía, toda esa acumulación de la experiencia total de toda la vida que ha sido vivida sobre un plano material va a aumentar el caudal de la fuente original.

 


No es mi intención presentar aquí un argumento que niegue la posibilidad de la inmortalidad personal. Yo como individuo creo firmemente en la posibilidad de la inmortalidad personal, y como a tantos otros me gustaría para mi propia satisfacción personal poder demostrarme a mí mismo si estoy o no en lo cierto. No obstante creo que la especulación sobre estos asuntos tan sólo por nuestra propia satisfacción sería quizás hasta cierto punto, una pérdida de tiempo, que mejor podríamos emplear en tratar de comprendernos mejor a nosotros mismos bajo las circunstancias en que existimos.


Sin embargo, podemos imaginar el hilo de plata como hilos de la existencia que retornan a su fuente. En otro mundo, que es el almacén de toda energía y toda fuerza, cada personalidad puede tener una función, justamente como las partes individuales tienen funciones en un aparato físico. El alma individual puede entonces desempeñar un papel en el drama Cósmico.


He escrito ya en otras ocasiones que este otro mundo, alejado del plano físico de que ahora somos conscientes, es el verdadero hogar del alma, y que la residencia del alma fuera del mundo inmaterial es sólo temporal. Los que han intentado demostrar la inmortalidad, o la existencia de la vida después de la muerte usando como guía todo aquello que el hombre percibe como ser consciente en el plano físico, están tratando de transferir a un terreno no material una función que no puede aplicarse a ambos planos de la misma manera.


Las manifestaciones de vida que han pasado a este plano superior son diferentes, en primer lugar, porque ya no son entidades, según la norma que se aplica a una entidad física completamente independiente, sin conexión alguna con otras entidades.


Creo que, si la consciencia individual persiste en cualquier sentido de la palabra en esa otra vida, estas almas que ahora habitan en otro plano se hallan ocupadas en funciones de las que no podemos tener idea alguna. Por tanto, si esperamos que esas almas se den a conocer a nuestra consciencia, tal vez nos estemos completamente engañando a nosotros mismos, porque no estaremos tomando en consideración la naturaleza transitoria y temporal de este mundo físico, en el que el alma se manifiesta a través del instrumento de un cuerpo por un período de tiempo muy limitado.


Podemos darnos cuenta de que, siendo éste un lugar temporal de existencia, una vez que hayamos sido liberados de él nuestra atención e interés se desviarán en otra dirección, y no estaremos usando lo que en el plano físico llamaríamos tiempo valioso para dedicarlo a un plano de otro nivel, del cual hemos evolucionado progresando hacia conceptos más elevados.

 


Si tuvieras la opción de vivir en una mansión señorial o en una cabaña, y sintieras una atracción por la mansión, ciertamente no pasaríais mucho tiempo en la cabaña. Tal es la naturaleza humana. Por consiguiente, si nuestra alma es una parte de la energía original que formó el universo, es decir, una parte del cuerpo y de la naturaleza de la divinidad misma, solamente estaremos fuera de esa fuente el tiempo indispensable de nuestra encarnación en un cuerpo humano.


Cuando esa misión se ha cumplido de manera temporal o definitiva, retornaremos y habitaremos en el verdadero reino de nuestra existencia, lo eterno, con la total realización de que el sufrimiento y las tristezas, las penalidades y problemas que existen sobre un plano físico, son aún más transitorias que el plano mismo. Para nuestra alma inmortal, la memoria de los seres queridos recordará a la personalidad del alma que ellos también pronto serán liberados de las restricciones materiales, y nuestra preocupación por ellos podrá ser semejante a nuestra indulgente sonrisa ante un niño que llora porque perdió su juguete o su caramelo.


A veces, el revisar nuestros conceptos nos ayuda a aclarar esos aspectos de incomprensión que pueden dar a nuestra filosofía de la vida dirección equivocada. Podemos imaginar lo eterno como un área o extensión (difícilmente podemos llamarle lugar, porque no empleamos las medidas y dimensiones físicas) es Dios y es el reino de Dios, o si no os agrada la terminología religiosa, podemos decir que la eternidad es el dominio Cósmico donde todo comienza y todo finalmente termina, y de donde mientras tanto todo lo que existe recibe sustento.


A esta área o estado del ser la deberíamos considerar el lugar más deseable de la existencia, más que todo cuanto podamos imaginar. Vivimos para crecer en la consciencia de esa fuerza dentro de nosotros, con la realización de que cuando llegue el momento oportuno, el segmento de esa fuerza que se manifiesta como alma y vida dentro de nosotros, salta hacia atrás, como si dijéramos, a su origen, y retorna inmediatamente a ser una parte de lo Cósmico.


Podemos estar seguros que el ego que hemos creado en nuestra vida terrenal, aunque ahora parezca de gran importancia, será considerado bajo una luz completamente distinta cuando estemos conscientes de la universalidad de la mente Cósmica, de la cual somos segmentos.


Tenemos que aprender tolerancia para disociar nuestras experiencias actuales de las experiencias que yacen en otras áreas. Se ha repetido muchas veces y vale la pena repetirlo de nuevo, que nuestra mejor preparación para la total realización de la vida y la comprensión de la inmortalidad es viviendo de manera tal que obtengamos, por lo menos, algún conocimiento de la fuerza de vida dentro de nosotros, teniendo siempre presente que los valores verdaderos son los que habremos de encontrar en aquella parte de nuestro ser que es permanente, en nuestra alma.

 

Por Cecil A. Poole, F.R.C.
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C. 


Publicado por cutronio @ 21:09  | Metaf?sica
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