Viernes, 03 de febrero de 2012

Un joven tuvo oportunidad de hablar una vez con muchas personas de distintas razas y creencias. Cada una le hablaba de la cosa más antigua del mundo, y él se dispuso a encontrarla.


Caminó por millas y millas y su esfuerzo era recompensado a menudo con la contemplación de los hermosos paisajes que surgían ante su vista; pero siempre que oía hablar de alguna cosa muy antigua e iba a verla, alguien le contaba de otra mucho más antigua.


Viajó muy lejos y vio muchas cosas, ríos, montañas, y pirámides de piedra tan antiguas que la fecha de su construcción había sido olvidada hacía mucho tiempo. Vio además edificios que se elevaban hacia el cielo, puentes extendiéndose sobre rápidas corrientes de agua y cabañas de ladrillo con techos de paja.


Después de muchos años, regresa al hogar, convertido ya en un anciano, y sin haber encontrado todavía aquello que tanto había buscado.


Un día, mientras estaba sentado en su jardín, pasó junto a él una niñita estrechando tiernamente una vieja muñeca entre sus brazos. Observó él cómo la niña alisaba la desaliñada y enmarañada cabellera de la muñeca y a la vez le hablaba a ésta como hablaría una madre a su bebé.

 

¡Por fin,” exclamó él, he aquí la cosa más antigua del mundo!

¡Es el amor!

 

Por Ethel F. Saunders, F.R.C.
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C. 


Publicado por cutronio @ 16:13  | Simbolismo
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