Martes, 31 de enero de 2012

 

En muchas naciones y en los más diversos tiempos, han existido determinados seres quienes fueron iluminados por el Espíritu de Sabiduría, y quienes escribieron libros en los cuales describieron el resultado de su conocimiento, en forma tal que, aquellos quienes con ansiedad amaran la verdad por su propio valor, pudieran así tener la oportunidad de encontrarla siguiendo sus instrucciones. Algunos de estos iluminados fueron Egipcios o Caldeos; otros fueron Griegos, Árabes, Italianos, Franceses, Ingleses, Holandeses, Españoles, Alemanes, Húngaros, Judíos, etc., viviendo en lugares muy distantes entre sí, y hablando diferentes lenguajes; pero sin embargo, sus escritos describen el mismo proceso, con una concordancia y armonía tales que el verdadero filósofo puede fácilmente reconocer el hecho de que son la obra del Espíritu Uno, hablando a través de diversos instrumentos, en diversas lenguas, y en los tiempos más diversos.

Esta armonía existe entre todos los escritos de los sabios; por el contrario, en los libros de los sabios mundanos encontramos una gran cantidad de desarmonías, ya que en el caso de estos últimos, en lugar de seguir la voz de la verdad universal, que es solamente una, siguen los caprichos de sus propios cerebros, que son muchos, y por lo tanto, sus opiniones se encuentran en desacuerdo y sus libros plagados de errores.


Los escritos de los sabios difieren únicamente en cuanto a la forma en que la verdad es expresada, pero todos ellos coinciden en cuanto a los puntos esenciales. Todos ellos anuncian que hay solamente una substancia, a partir de la cual se confecciona la Piedra de los Filósofos, y que en esta substancia se encuentra todo lo necesario para su producción. Esta substancia es una substancia espiritual y viva, y todos coinciden en que, si intentas llevar a cabo la obra con cualquier otra substancia que no contenga espíritu o vida, no tendrás éxito en tu trabajo. Renuncia a toda complejidad. La Naturaleza se satisface solamente con una cosa, y aquel que no conoce esa cosa, no puede comandar los poderes de la Naturaleza.


Esta substancia se encuentra universalmente distribuida en todas partes, y puede ser obtenida con poco esfuerzo. Puede ser encontrada en todas partes; todos la ven, la sienten, y la aman, y sin embargo, hay solamente unos pocos que la conocen.


Theophrastus Paracelsus la denomina Tinctura Physicorum, o el León Rojo; Hermes Trismegistus la llama Mercurio, solidificado en su interior; en el Turba Philosophorum es anunciada como el mineral (la mena); en el Rosariun Philosophorum es denominada Sal. Tiene tantos nombres como objetos existen en el mundo, y, sin embargo, es solamente conocida por unos pocos. A partir de esta substancia puede prepararse un espíritu tan rojo como la sangre, y otro blanco como la nieve y en estos dos se encuentra escondido un tercero, el misterio que ha de ser revelado por el arte. Aquellos que no saben cómo comenzar el trabajo alquímico, se encuentran muy lejos todavía de haber obtenido el verdadero conocimiento. Aquellos que trabajan con materias muertas, no obtendrán nada que viva.


Nuestra substancia, o Rebis, consiste de dos cosas, Espíritu y Materia; pero las dos son solamente una, y ambas producen una tercera, que es la Panacea Universal, que purifica todas las cosas, la Tinctura que transmuta los metales básicos en oro.

 


Nuestro Elixir es por lo tanto una sola cosa, hecha a partir de dos; pero los dos son uno. El agua es añadida al cuerpo, disolviendo a éste último en un espíritu, produciendo de esta forma el agua y el cuerpo, una disolución. Algunos filósofos describen la Piedra de los Filósofos como si se tratara del verdadero Spiritus Mercurii junto con el Anima Sulphuris y la Sal Spiritual reunidas en una sola cosa, preparada bajo un solo cielo, viviendo en un solo cuerpo; el Dragón y el Águila; otros, la denominan como una preparación hecha de espíritu, cuerpo y alma, y dicen que el espíritu no se combina con el cuerpo si no es por medio del alma, que interconecta a ambos, y sin embargo, los tres son esencialmente uno.


El Omnipotente Creador, cuya sabiduría se extiende tanto como su propia substancia, creó en el principio, cuando nada excepto él mismo existía, dos clases de cosas; las celestes y las terrenales. Las cosas celestes es el mundo interior, con todos sus habitantes; las cosas terrenales son aquellas externas, y han sido formadas a partir de los cuatro elementos. Estas últimas, consisten en tres clases; denominadas Animalis, Vegetabilia, y Mineralia, siendo diferentes entre sí; de forma que, por ejemplo, el reino animal no produce árboles, ni el reino vegetal genera monos, etc. Sin embargo, cada ser tiene su propia semilla peculiar, mediante la cual su propia especie puede propagarse, no pudiendo ser generada ninguna otra especie por la misma. No obstante, las especies pueden ser mejoradas, purificadas y ennoblecidas hasta una cierta extensión, y de acuerdo con los medios apropiados, como todos saben.


La Naturaleza es un gran laboratorio alquímico en el cual tiene lugar una continuada purificación y sublimación hacia más elevados grados. La materia primordial, de la cual han surgido todos los diversos metales, es originalmente una sola, y contiene en su interior un Sulphur (un poder) que, actuando bajo diversas condiciones, produce en el curso de las edades una variedad de formas, que difieren en sus cualidades externas, pero que son esencialmente una sola. Así pues, una parte de esta materia, pasando a través de ciertos procesos de evolución, asumió los atributos del hierro, y es denominada Hierro; otra llegó a ser Plomo, etc. Nuestra piedra filosofal es de una naturaleza mineral, y por lo tanto, es vano intentar prepararla a partir de substancias animales o vegetales. Nada puede ser extraído de una cosa, a menos de que esté contenido en esa cosa. Por lo tanto, aquellos que pretenden ser capaces de elaborarla a partir de dichas substancias, son impostores. Más aún, nuestra piedra es incombustible, y todas las substancias animales y vegetales son combustibles; ellas serán destruidas en el fuego, y nada restará de ellas salvo humo y cenizas, que no sirven para nuestro propósito. Nada puede ser hecho a partir de cualquier metal o mineral imperfectos, ni a partir del Mercurio, Azufre y Sal ordinarios, ya que todas estas cosas son perecederas en su forma.

 

Por El Filósofo Desconocido.
(Monte Abiegno, marzo 25, 1621) 


Publicado por cutronio @ 15:12  | Martinismo
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