Mi?rcoles, 02 de noviembre de 2011

Padre cariñoso, científico, estadista y Rosacruz.


El consejo de Ben Franklin es tan apropiado ahora como lo fue hace 200 años

Benjamín Franklin fue un hombre que hizo de todo. Fue impresor, científico, estadista, economista, escritor, hombre de negocios e inventor. Se le acredita el haber establecido en los EE.UU. el primer hospital, la primera oficina de correos, la primera compañía de seguros contra incendios, la primera biblioteca pública, así como la invención de los lentes bifocales, la silla mecedora, la iluminación de las calles, las tarjetas postales, la fundación del periódico Saturday Evening Post y de la Universidad de Pensilvania.

Cuando se jubiló a la edad de cuarenta años era millonario y cuando murió era el hombre más rico de los Estados Unidos.

Aun cuando Franklin realizó todo esto y más en su vida activa, a él no le parecía suficiente; raras veces se sentía satisfecho consigo mismo y luchaba constantemente contra la imperfección: él quería ser perfecto.

Un sermón dominical fue lo que despertó en Franklin una honda preocupación, porque lo hizo pensar que su vida estaba llena de pecados. Avergonzado de ello decidió atacar directamente a cada una de sus desventajas, hasta convertirlas en ventajas.


"Concebí el audaz proyecto de lograr la perfección moral'', escribió, "así que decidí poner todo mi empeño en procurar no cometer jamás un error en mi vida, bien fuera por inclinación natural o por hábito; y para conseguirlo habría de valerme de todo lo que me condujese a ello".


Al igual que la mayoría de nosotros, Franklin sabía (o creyó saber) qué es correcto y lo que es erróneo. No entendía porqué, aunque en teoría pareciese muy simple, no podía evitar cometer errores y hacer lo correcto.


"Pero pronto me di cuenta de que ello se debía a que había emprendido una tarea más difícil de lo que imaginé. Mientras me cuidaba de no cometer una falta, muchas veces me sorprendía haciendo otra: el hábito nos lleva la ventaja de que los actos se realizan inadvertidamente; la inclinación es tan fuerte que algunas veces impide razonar".


A raíz de esa deducción, Franklin cambió de táctica. Hizo una lista de lo que él consideraba eran las doce virtudes más importantes. Más tarde, ante la sugerencia de un amigo, agregó a su lista la palabra "humildad".

 


Las virtudes que valoró Franklin son tan importantes ahora como lo fueron hace 200 años:


1. Templanza: No comas hasta hartarte; no bebas hasta embriagarte.


2. Discreción: Habla sólo lo que pueda beneficiar a otros o a ti mismo.


3. Orden: Pon cada cosa en su lugar.


4. Resolución: Resuelve lo que debes hacer y haz sin demora lo que resuelvas.


5. Frugalidad: Solamente gasta en aquello que puede beneficiar a otros o a ti mismo, es decir, no desperdicies nada.


6. Diligencia: No pierdas el tiempo; dedícate siempre a hacer algo útil; evita los actos innecesarios.


7. Sinceridad: No engañes a nadie; piensa con inocencia y justicia, y cuando hables hazlo de conformidad con ello.


8. Justicia: No perjudiques a nadie con injurias ni omitiendo hacer lo que le beneficie.


9. Moderación: Evita los extremos. No guardes resentimientos.


10. Pulcritud: No toleres la suciedad en el cuerpo, la ropa ni en el lugar donde habitas.


11. Tranquilidad: No te dejes perturbar por nimiedades, por accidentes comunes ni por lo inevitable.


12. Castidad: Evita los excesos sexuales. No perjudiques tu reputación ni la de otros.


13. Humildad: Imita a Jesús y a Sócrates.


Todas las noches Franklin revisaba su lista y colocaba una marca negra junto a cualesquiera virtudes en las que había fallado durante el día. Cuando esto no le dio resultados, decidió adherirse firmemente a una virtud cada semana y tratar de obtener los mejores resultados posibles en las otras doce.


Comparó este proceso con el de arrancar las malas yerbas de un jardín, diciendo que un buen jardinero no trata de quitarlas todas de una sola vez, lo cual mermaría su capacidad y su fuerza, sino que trabaja en una hilera a la vez.

 


Auto-superación

Franklin continuó durante varios años su plan de examen de conciencia y superación personal con breves interrupciones, y quedó sorprendido de los resultados.


"Me sorprendió darme cuenta de que tenía muchas más faltas de las que había imaginado; pero tuve la satisfacción de verlas disminuir".


Más tarde escribió:

 

"Aunque nunca logré la perfección, estuve muy cerca de alcanzarla. No obstante, fui un hombre mejor y más feliz de lo que antes había sido. Sólo un plan como éste asegurará un avance constante hacia la virtud".


El empeño en auto-superarse fue la clave que permitió a Franklin vivir mejor y debe serlo para nosotros en la década de los 90. Convertirse en una persona mejor es un proceso que dura toda la vida. Un punto de partida es seguir los consejos de Franklin:


1. Reconoce lo que deseas: Aprende a reconocer tu potencial.


2. Identifica tus objetivos: Decide qué es lo que deseas mejorar.


3. Esfuérzate en ello diariamente: Usa el conocimiento de ti mismo.


4. Ponte en contacto contigo mismo: Evalúate, medita.


5. Aprende de tus errores: Haz tantos cambios en tu estilo de vida como sea necesario.


Como dijera Franklin cierta vez:

 

 ''Combate tus imperfecciones, mantente en paz con tus vecinos y trata de mejorar cada año".

 

Este consejo aún es válido en la actualidad.

 

Por John Schroeder
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C. 


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