S?bado, 29 de octubre de 2011


En el campo de la religión pueden apreciarse claramente las varias maneras como las cosas atraen a los diversos individuos. Hay tantas interpretaciones y clases diversas de religiones que probablemente, en un análisis final, podríamos concluir que cada ser viviente tiene su propia religión o su propia interpretación. Este es un claro ejemplo de que las necesidades de cada individuo difieren. No hay dos individuos exactamente iguales y por lo tanto no hay dos individuos que hallen la misma satisfacción en la misma cosa, ya sea en las necesidades físicas como en las espirituales de la humanidad.


El ser humano está compuesto de muchas diferencias físicas y mentales. No hay dos personas de igual apariencia, no hay dos personas que piensen igual, y si un individuo trata de adaptarse a un molde hecho de otro, está deformando una de las manifestaciones de la vida: la existencia de diferencias individuales. Lo que procura satisfacción espiritual a un individuo puede hallarse en cierta clase de experiencia religiosa o de contemplación filosófica, pero la misma satisfacción puede ser inaceptable para otro individuo.


Físicamente, no hay dos personas que estén en completo acuerdo, ni aún con respecto a vestidos y alimentos. Tenemos también nuestras propias ideas, deseos y esperanzas individuales: sin embargo, a través de la historia ha habido quienes se han destacado como jefes entre los grupos. Estos jefes han enseñado ciertos principios fundamentales, ya fuera en el campo de la religión, de la ciencia o de la vida diaria.


Algunos de estos jefes han sido sumamente dogmáticos, tratando de dar forma a caracteres y a conductas; exigiendo que sus secuaces se adaptaran estrictamente a los procedimientos, sistemas y métodos preconizados por los jefes. Aceptar esa jefatura es negar enteramente las diferencias individuales y las posibilidades creadoras de la mente individual. Si el propósito principal de la jefatura es el de disciplinar mecánicamente la humanidad, entonces la humanidad no podrá jamás progresar más allá del horizonte de los conocimientos de ese jefe.

La verdadera jefatura, la verdadera guía, no debe tener ese carácter dogmático, debería consistir más bien en principios e ideales que señalen el camino. Podemos respetar a muchos jefes religiosos, podemos examinar con toda equidad las enseñanzas de Cristo, de Buda, de Mahoma y de muchos otros y ver en ellos sus valores individuales, sin que tengamos que quedar atados exclusivamente a las definiciones precisas que se han asignado al método de vida de cada uno de ellos. Por lo que respecta a nuestro bienestar físico, podemos estudiar los resultados de las investigaciones dietéticas, podemos resolver acerca del tipo de alimentación que cuadra mejor con nuestra salud, y sin embargo no tenemos por qué convertirnos en imitadores exactos de esta o aquella autoridad que trata de imponer este o aquél sistema.

 


La verdadera guía debe señalar siempre hacia una meta final. La guía y la jefatura no deben ser más que una fuerza directriz que sea fuente de motivos que impelan a quienes sin ella no tratarían de avanzar. La resolución final acerca del camino o la orientación de nuestra vida la hallaremos en parte dentro de nosotros. Con ese fin es que los hombres buscan inspiración, guía y dirección entres sus prójimos y entre los poderes superiores. La Catedral del Alma es una fuente de esa dirección individual; su objeto es el de suministrarnos señal para poder dirigirnos hacia una meta, sin que tengamos que adherirnos a algún sistema de credos, dogmas, o preceptos que ahogarían nuestra individualidad. La expresión del hombre sobre la tierra es una expresión compuesta; el hecho de que somos diferentes deja ver con claridad que cada uno de nosotros es una parte de una expresión total, así como el color es sólo una parte de una gran obra de arte. Por lo tanto, nuestro deber es vivir nuestra propia vida, valorar el consejo y la dirección de quienes sean jefes o guías, y analizar la vida de los otros para formar de esa manera un punto de vista que puede modificarse según nuestra propia meditación e inspiración. Entrar a la Catedral del Alma es encontrar un canal que puede suminstrarnos la dirección deseada; sus servicios están a la disposición de todos en cualquier tiempo y en cualquier sitio.
 


Publicado por cutronio @ 2:00  | Misticismo
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