Domingo, 16 de octubre de 2011


El poema de Pentauro al que a veces se le llama la "Ilíada Egipcia" esta lleno de incidentes y diálogos y recita no un mero catálogo de victorias, sino los eventos de una sola campaña y las acciones de un solo héroe.


Aquel héroe es Ramsés II, y la campaña así celebrada fue llevada a cabo en el quinto año de su reinado en contra de las fuerzas aliadas de Siria y Asia Menor. Ramsés conquistó el campo en persona, con la flor y nata del ejército egipcio, cruzando la tierra de Canaán (la que aún era leal) y estableció sus cuarteles sirios en Shabtun, una ciudadela fortificada en un pequeño valle a una corta distancia al sudoeste de Kadesh.


Allí permaneció estacionado por unos pocos días, reconociendo los alrededores y tratando, pero sin éxito, de descubrir el paradero del enemigo. Los últimos, entre tanto, tenían sus espías repartidos en todas direcciones, y conocían todos los movimientos de la hueste egipcia. Dos de estos espías, previamente instruidos, se dejaron capturar por las avanzadas del Rey.


Llevados a la presencia real, se arrodillaron ante el Faraón, declarando que ellos eran mensajeros de algunos de los jefes sirios, sus hermanos, que deseaban romper su pacto con los Kheta y servir al gran Rey de Egipto. Agregaron, además, que la hueste khetana, temiendo el avance del ejército egipcio, se había retirado más allá de Aleppo, cuarenta leguas hacia el norte. Ramsés, creyendo la historia, avanzó confiado, escoltado nada más que por sus guardaespaldas...

 

 

En este punto crítico el enemigo emergió de su emboscada, y a través de un movimiento de flanqueamiento bien ejecutado se interpuso entre el Faraón y su ejército. Así acorralado, Ramsés, con real y desesperado valor, cargó contra las carrozas guerreras hititas. Seis veces, con sólo sus tropas personales tras de él, rompió las líneas, desparramando terror y empujando a muchos al río. Luego, justo en el momento preciso, una de sus tardías brigadas llegó apresuradamente y forzó al enemigo a retirarse. Se libró una dura batalla al día siguiente, la que los egipcios definieron como gran victoria. Tales parecerían ser los hechos solos, sin adornos.


Licencia poética

El poeta, sin embargo, se toma algunas libertades con los hechos, como los poetas pueden hacerlo aún en nuestros días. Suprime él las tropas personales y deja a Ramsés pelear por el campo entero a mano limpia. Tampoco falta el truco de tramoya (esa tramoya que los griegos sacaron de los modelos egipcios). Amón en sí va en ayuda del Faraón, del mismo modo que los dioses del Olimpo batallan por sus héroes favoritos en el campo de Troya...


Ahora habíanse escondido el vil príncipe de Kheta y las muchas naciones que se encontraban en alianza con él, en el noroeste de la ciudad de Kadesh. Su majestad estaba solo; nadie más estaba a su lado. La brigada de Amón avanzaba detrás. La brigada de Ra seguía el curso de agua que yace al oeste del pueblo de Shatun. La brigada de Ptah marchaba en el centro y la de Sutekh tomó el lado fronterizo con la sierra de los amoritas.


Entonces el vil príncipe de Kheta envió a sus arqueros y a sus jinetes y a sus carrozas, y estos eran tantos como los granos de arena en la playa. Tres hombres había en cada carroza; y con ellos estaban todos los más bravos luchadores de los khetas, bien armados para el combate.

 

Luego llegaron mensajeros a su majestad con noticias de derrotas. Y el Rey se levantó, cogió sus armas y se puso su armadura, pareciéndose a Baal, el dios de la guerra, en su hora de luna. Y los grandes caballos de su majestad salieron de sus establos, y él los puso a toda velocidad en dirección a las huestes de los kheta.


Fue sólo, nadie estaba a su lado. Y ¡mirad! Fue rodeado por dos mil quinientas carrozas; su retirada fue cortada por los luchadores de Aradus, de Misia, de Aleppo, de Caria, de Kadesh y de Lycia. Eran tres en cada carroza y juntos en una sola falange.


"Ninguno de mis príncipes esta conmigo, gritó él. Ninguno de mis generales, ni uno de mis capitanes de arqueros o carrozas. Mis soldados me han abandonado, mis jinetes han huido, ¡no hay nadie que pelee a mi lado! ¿Ha el padre olvidado al hijo? ¡Mirad! ¿He hecho algo yo sin ti? ¿No he caminado según tus modos y seguido tus palabras? ¿No te he construido templos de duradera piedra? ¿No he dedicado a ti el sacrificio de decenas de miles de bueyes y olorosa madera? ¿No te he dado el mundo entero en tributo? Te llamo, ¡oh, Amón, mi padre! ¡Te invoco! ¡Mirad, estoy solo y todas las naciones de la tierra están unidas en mi contra!"

 

 

Amón contesta

"¡Oh, Ramsés, estoy aquí! ¡Soy yo, tu padre! Mi mano está contigo y soy para ti más que cientos de miles. Yo soy el Señor del Poderío, el que ama el valor. Conozco tu intrépido corazón, y estoy contento contigo. Ahora, ¡sea hecha mi voluntad!"


Luego Ramsés, inspirado por la fuerza de su dios, dobla su terrible arco y se arroja sobre el enemigo. Su ruego por ayuda divina se cambia en un grito de triunfo:

 

"Como Mentu, dejo volar mis flechas a derecha y a izquierda, y mis enemigos caen. ¡Soy como Baal en su furia! Las dos mil quinientas carrozas que me rodean son hechas pedazos bajo los cascos de mis caballos. ¡Ni uno de sus guerreros ha levantado su mano para herirme! Sus corazones mueren en sus pechos, sus extremidades fallan, no pueden ni lanzar la jabalina ni manipular la lanza. ¡Temerariamente los empujo al borde del agua! ¡Precipitadamente se lanzan a ella como lo hace el cocodrilo! ¡Caen sobre sus caras, uno sobre el otro, y yo les doy muerte en masa! No tienen tiempo de darse vuelta, no tienen tiempo ni para mirar atrás de ellos! ¡Aquel que cae lo hace para no levantarse mas!"

 

Al amanecer del día siguiente, Ramsés reúne sus fuerzas y, según afirma el cronista, alcanza una memorable victoria, seguida de la sumisión del príncipe de Kheta y la conclusión de un tratado de paz. Este tratado se confirmó más tarde con el casamiento de Ramsés con una princesa khetana. Y la amistad así cimentada siguió sin romperse a través del resto de su largo reinado...


El poema es "publicado"

Para usar una palabra muy moderna en conexión con una composición poética muy antigua, uno podría decir que Ramsés "publicó" ese poema en una forma muy costosa, con magníficas ilustraciones. Y lo hizo en escala tal que avergonzaría a nuestras más modernas empresas editoras. Su edición imperial fue hecha en piedra esculpida e ilustrada con temas en bajorrelieves hermosamente coloreados a mano. Cuatro copias más o menos perfectas de esta edición han sobrevivido a la destrucción de las edades... esculpidas en los monumentales portales de los grandes templos de Luxor y el Rameseum, en Tebas, en una pared del gran templo de Abydos y en la sala principal del enorme templo esculpido en piedra de Abu Simbel, en Nubia.

 

Por Amelia B. Edwards
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.
 


Publicado por cutronio @ 23:11  | Historia y tradici?n
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