S?bado, 15 de octubre de 2011


Removiendo en los vestigios, misteriosos, fascinantes y extraordinarios del antiguo México, surge la cuna de la civilización Olmeca, con un mensaje plástico que nos despierta ancestrales y penetrantes sentimientos.


Emana de su arte y arquitectura una ingenuidad de formas y colores, con trazos de montañas, plantas y animales dando acabada muestra de que se basaron en un mundo sugestivo, amante de la belleza natural.


Esta exclusiva producción del espíritu, que las excavaciones han permitido descubrir, fue realizada con esfuerzos legendarios por gente llegada del mar, a crear un mundo esplendoroso en tierra americana.


Ella ofreció un escenario idóneo, ejerciendo una atracción indescriptible en los viajeros, que desembarcando en Puerto Pánuco en la costa del Golfo de México, se establecieron después en Tamoanchán. Ahí floreció el genio de una cultura, que arrancaría en el ámbito de Mesoamérica, desarrollando la nueva humanidad que se extendería por los cuatro rumbos del continente.


Como si vinieran en busca de la tierra prometida, este grupo de iluminados sabían bien adonde ir, del sitio que escogieron como meta y de los caminos que más tarde seguirían. De ahí, que la esencia y el conjunto de sus creaciones que se integran e identifican con la sacralidad del Cosmos, del que forman parte, nos fueron legados para enriquecer al hombre de todos los tiempos.

 

 

Razón muy importante, por la cual no se puede ignorar a esta raza milenaria, que en muchos aspectos es superior o igual a la egipcia, sumeria, micénica y otras más, sin exceptuar a la tibetana.


Por lo tanto, un paseo por estos lugares reales y otros que son sagrados, suelen ser tan iniciáticos, como en un templo egipcio o en las pirámides que fueron construidas por la misma gente y con la misma finalidad.


Este Conjunto de seres, fueron los primeros en hacer las pirámides-templos en los valles mexicanos, edificándolas cerca del agua o sobre mantos acuíferos, pues conocían sobre la liberación de energías que se producía. Estos majestuosos monumentos, de geometría tan especial, engendran además un campo magnético que en combinación con las fuerzas telúricas, son susceptibles de influir en la consciencia de quienes se encontraban o se encuentran en nuestros días, en aquellos recintos iluminadores, proporcionándoles experiencias físicas, síquicas y espirituales.


También, entre las grandiosas piezas escultóricas se encuentran algunas que contienen una fuerte carga de energía, que se siente con facilidad al tocarlas con las manos, según la sensibilidad personal y tipo de energía de cada uno.

 

 

Sabían diferenciar bien las piedras capaces de captar los rayos cósmicos y ultravioletas solares, capacidad natural que debía de estar en la estructura molecular y atómica de las mismas. Mientras las moldeaban, mezclaban a esas energías las de sus pensamientos con el fin de comunicar su fuerza a otros, acrecentándoles vitalidad y salud. Ya que, un desequilibrio de energía, podía producir algún tipo de enfermedad corregible, si se aplicaba la energía apropiada y de esta manera, restablecer el equilibrio.


Un ejemplo de acumulación de energía cósmica la tiene la escultura de “El Negro” de Santiago de Tuxtla, que al tocarla no sólo produce una profunda relajación, sino que al mismo tiempo, restablece el equilibrio energético del ser humano.

De modo que, basaron su organización y cosmovisión como Imperio, en el conocimiento de esas influencias cósmicas. Afirmando, que el significado de la vida de cada hombre y el sentido de una sociedad organizada, era inventar instrumentos que colaborasen y favorecieran el desarrollo del Universo como un todo.


Dominaban el tema del cielo, considerando que, lo que existe de mente o materia en él, existe en alguna forma en el cuerpo humano.


Tenían la concepción de que todo obedece a la acción de dos principios antagónicos, que luchan eternamente. Pero el espíritu, que percibe este caos aparente, siente la necesidad filosófica de buscar la luz. Esa diligencia debía ser individual, cada uno afrontar en solitario el vacío, con el fin de ganarse el derecho a una comunicación directa con el misterio final.

 

 

Con un estilo característico, capaz de rivalizar con cualquier otro de los que el hombre ha realizado, las rocas, relieves, pinturas y estatuillas impregnadas de su magnetismo y pensamiento, enseñan numerosas prácticas, que combinan la concentración de espíritu con gimnásticas diferentes de respiración.


Experimentados y acostumbrados a dialogar con su propio corazón, rechazaban mentalmente, el orgullo, la cólera, el odio, la codicia y la pereza con la espiración. Todo cuanto era noble y bueno, lo atraían con la inspiración.


Vemos en los glifos de los edificios, distintos símbolos que por su naturaleza cambian al hombre, haciéndolo uno con ellos.


Esta concentración perfecta de pensamiento era indispensable en todo género de meditación. Si bien, resultaba indiferente el objeto de adiestramiento, usaban aquél que les atraía y retenía más fácilmente su atención, hasta perder la consciencia de su propia personalidad y así poder llegar al Conocimiento Perfecto. 

Las creaciones olmecas, repletas de referencias místicas, libros abiertos para quien sabe leerlos, destacaron la figura del Sol al que reverenciaban por sus dones curativos.


Mentalmente elevaban la consciencia desde el cuerpo hacia el Sol, llegando a su centro, dejando que esa inmensa energía fluyera por todo el cuerpo, vigorizándolo y fortaleciendo todas sus partículas. Después de unos instantes volvían al cuerpo y de esta forma se cargaban de energía vital, potenciando la curación de alguna enfermedad que los aquejara.


Mensajes de esta clase, con una profunda filosofía, y que aún esperan ser escuchados, salen de la profundidad de las edades y tienen un destino: los buscadores de verdades.

 

Por Ligia A. Bustos, S.R.C.
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.
 


Publicado por cutronio @ 23:57  | Historia y tradici?n
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