Jueves, 13 de octubre de 2011


La era contemporánea destaca por el avance de la tecnología y las ciencias. Cada día vemos convertirse en realidad sueños y proyectos aparentemente extraídos de una mente delirante. El hombre actual ha puesto sus pies en la luna, ha hurgado en el microcosmos hasta encontrar el átomo, ha conquistado el mar, la tierra y el aire y dominado la mayor parte de los elementos gracias a la ciencia.


Ahora bien, por esta misma causa, el hombre se ha habituado a considerar a la ciencia como un oráculo inefable. La ha “descubierto” ahora. Solo es ciencia la que nace de las ecuaciones, de los complejos laboratorios llenos de complicados aparatos y productos químicos maravillosos.


La mayor parte de las personas parece ignorar que la ciencia es tan antigua como el hombre. Fue la alquimia la que sentó las bases de la química actual, del mismo modo que la medicina contemporánea se ha nutrido de la terapéutica y la cirugía egipcias. El hombre actual tiende a esquematizarse y a considerar solo los opuestos. No existen gradaciones intermedias. Una cosa es blanca o es negra, pero en ningún caso gris. Según este erróneo punto de vista, la ciencia pertenece por entero a las épocas modernas y la palabra “ciencia” solo engloba a las ciencias exactas y demostrables solo por teoremas o pruebas de laboratorio.


A ello se debe que se haya adoptado la idea de que la mística está reñida con la ciencia, y sin embargo, la ciencia moderna no ha hecho otra cosa que “descubrir” lo que la mística ya había descubierto en fechas remotas.


Hasta hace relativamente poco tiempo se tenía por una locura la transmutación de los elementos, y la física moderna, merced a la energía atómica, ha logrado de hecho esa transmutación, solo que a un costo elevadísimo y utilizando complicados equipos. La telepatía y el hipnotismo eran considerados antiguamente como “artes diabólicas” y más posteriormente como hechos curiosos o charlatanería sin ninguna base científica. Hoy en día los médicos utilizan la hipnosis como uno de las más eficaces auxiliares terapéuticos y la telepatía es utilizada incluso en el campo militar. Para nadie es un secreto que en los submarinos atómicos han viajado telépatas para garantizar la comunicación con las bases de tierra cuando otros medios han resultado inaplicables. Igualmente en los vehículos espaciales tripulados viajan telépatas para asegurar un enlace con la base de operaciones en caso de fallar los medios normales de comunicación.

 

 

Tomemos otro ejemplo: desde tiempos inmemoriales los místicos han afirmado que la materia se compone de partículas infinitesimales a las que se ha dado la denominación de átomos. Mucho antes de que la ciencia “descubriera” el átomo por medio de ecuaciones, determinados hombres conocían su existencia, y ello sin más técnica que principios metafísicos ni más equipo de laboratorio que su propia mente. Cabe una pregunta: ¿cómo era posible una exactitud tal en tiempos tan remotos? La respuesta reside en una realidad que no todos parecen dispuestos a aceptar: la verdad está en el hombre y no fuera de él. La mente y la psiquis humana son capaces de hallar la verdad por sí solas, puesto que esa verdad forma parte integrante de ellas.


Los modernos medicamentos se extraen, en su mayor parte, de hierbas y productos naturales, si bien la química moderna permite un proceso más depurado para la obtención de dichas sustancias.

Desde tiempos remotos el hombre ha acudido a la naturaleza como fuente de recursos para calmar dolores o luchar contra las enfermedades. Las tribus de indios norteamericanos y muchos de Sudamérica, han utilizado con resultados asombrosos determinadas hierbas y raíces que, posteriormente, han sido cuidadosamente estudiadas por los químicos, comprobando, en la inmensa mayoría de los casos que, en efecto, la hierba o raíz en cuestión contenía un producto de propiedades analgésicas que en realidad mitigaba un dolor. ¿Por qué entonces contemplar la situación como mística vs. Ciencia? No son cosas que se excluyan mutuamente, sino que, antes bien, se complementan.

La ciencia prueba o demuestra, de acuerdo al enfoque de nuestra época, lo que los místicos han sabido desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, ha sido necesario que hayan surgido miles de hechos concluyentes y pruebas y testimonios irrefutables para que se haya creado una nueva ciencia, la parasicología, que es admitida a regañadientes como tal por quienes se mueven en campos distintos del saber. ¿A qué se debe esto? A que el orgullo vuelve ciegos a quienes creen sólo en lo demostrable a través de una ecuación, o en aquello que no escape de los marcos de una lógica adormecida e impuesta.

De esta forma tenemos que quienes sólo aceptan la novedad y la ciencia “moderna” se convierten en retrógrados por encasillamiento de sus ideas y dogmatismo de sus apreciaciones. Por el contrario, quienes sin perjuicio de ningún tipo admiten “antiguas” verdades y principios son quienes realmente poseen la fuerza innovadora de una realidad que no conoce de tiempos ni fronteras.


Los místicos han afirmado siempre que el tiempo y el espacio son sólo apreciaciones, pero que en realidad no existen como hechos concretos y absolutos. Fue necesario que el genio creador de Einstein desarrollara la teoría de la mayor parte de la humanidad del siglo XX admitiera que tiempo y espacio son sólo conceptos relativos.

 

 

Hay una mística del átomo, como hay una mística del tiempo y del espacio. Ahora bien, no hay razón alguna para que ciencia y mística se encuentren en campos opuestos y antagónicos. La ciencia comprueba lo que la mística afirma, y a este respecto, si fuésemos a definir la ciencia mediante una fórmula o ecuación, diríamos que la ciencia es MC2, en donde M sería Mística y C, Conocimiento. De esta forma tendríamos una segunda versión de la ecuación einsteniana aplicada al problema que nos ocupa y que explicaría en forma satisfactoria las relaciones existentes entre ciencia y misticismo.


El hombre lleva en sí todas las posibilidades. Es el recipiente por excelencia para contener la verdad, y la contiene de hecho, aunque no siempre sepa descubrirla. Día llegará en que mística y ciencia no formen más que una unidad armónica, y entonces el hombre se abrirá a nuevos horizontes y conocerá la verdad que en estado latente llevará siempre dentro de sí.


Es este el hombre nuevo, el hombre en armonía con el universo, el hombre cósmico que hoy existe como unidad y mañana existirá como conjunto, el hombre que ha perseguido la verdad y la ha encontrado: el hombre Rosacruz.

 

Por Enrique De Miranda F.R.C.
Artículo publicado en la Revista “El Rosacruz” Volumen XXVI N° 4 del mes de marzo de 1973.


 


Publicado por cutronio @ 17:59  | Misticismo
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