Martes, 04 de octubre de 2011


Entre todas las disciplinas científicas, la astromitología es un campo relativamente nuevo pero que se está desarrollando rápidamente. Este ramo de estudios está dedicado a la investigación y al análisis de los principales mitos históricos representados por medio de sucesos astronómicos, e intenta explicar cómo fue que los pueblos de la antigüedad adoptaron esos mitos como revelaciones del tiempo, el espacio y el cosmos.


La astromitología se enfoca en el largo periodo que abarca desde los inicios de la vida consciente hasta mediados del siglo XVII d. de C. A partir del Siglo de las Luces, la astronomía ha reflejado nuestra manera de pensar basada en las ideas de Newton y sus sucesores. Desde el punto de vista moderno, el cosmos es un conjunto impersonal de "cosas" que se describen y clasifican en base a su masa, densidad, peso, color y radiación de energía.


Esas "cosas" ocupan determinado espacio dentro del marco de un tiempo relativo. Nos hemos constituido en escribanos del cósmico llevando un registro (lo mejor que nos es posible dentro de los limites de nuestra percepción), de la compleja actividad de un intrincado sistema en constante movimiento. Nos hemos convertido en espectadores más bien que en participantes.

No sucedió lo mismo con el hombre primitivo, quien reconoció que era parte esencial de un universo vivo.

 

 

En épocas antiguas el conocimiento científico era guardado celosamente por el sacerdocio y estaba reservado sólo para los iniciados: muchas veces era disfrazado en forma de mito y muy pocos entendían su verdadero mensaje o su significado. Lamentablemente, muchos historiadores científicos descartan las verdades ocultas en esas fábulas míticas, por considerarlas extravagancias de personas incultas. Esto se debe posiblemente a que a los científicos e historiadores se les ha enseñado a pensar de un modo directo, lineal y en secuencia. Eso bastaría si la historia fuera una secuencia nítida y ordenada de acontecimientos colocados en serie, cual si fuesen huellas en las arenas del tiempo; pero no es así.


En nuestro intento de escribir una historia de la astronomía, aspiramos a presentar el pasado con la mayor veracidad posible: basamos nuestra presentación en lo que creemos es un hecho y apoyamos los hechos con pruebas tangibles e inequívocas. Objetos tales como una placa babilónica de arcilla con escritura cuneiforme que detalla la posición de los planetas, una gráfica de estrellas pintada en la pared de una tumba egipcia o una clepsidra (reloj de agua) ateniense, son mucho más fáciles de identificar, clasificar y ubicar en un contexto histórico, que mitos como el que narra el diluvio universal, o el de Horus hiriendo con una lanza a la esposa de su hermano o el de Cronos mutilando a Urano, aun cuando todos son mitos de las mismas tres civilizaciones.

 

 

No obstante, los mitos tienen tanto derecho a ser incorporados en la historia de la astronomía como lo tienen los tres objetos mencionados. Los tres mitos contienen "ideas" astronómicas, en tanto que los tres objetos son "formas" que expresan una ideación previa. El historiador moderno prefiere basar su exposición primero en la "forma" de los objetos y luego, como si fuera casi una ocurrencia nueva, examina las ideas que apoyan esos objetos. Y cuando llegamos al punto de considerar "únicamente ideas" (ideas con sus propios méritos) nos damos cuenta de que muchos historiadores las descartan si carecen de una "forma" correlativa. Sin objetos físicos que les den veracidad, los mitos dejan de ser "ciencia" para convertirse en "literatura".


Nuestros modernos medios de comunicación y nuestra manera de pensar (lineal y en secuencia) nos impiden establecer una concordancia adecuada con lo mítico. Más aún, nuestro enfoque práctico de la ciencia y nuestra inclinación a abrir nuevas perspectivas, así como nuestra omnipresente orientación hacia el ahora, sólo han servido para obstruir nuestra capacidad de percibir fácilmente la base sobre la cual se formó el ahora. La persona con inclinaciones científicas muy raras veces profundiza lo bastante en la esencia mítica para percibir el contenido científico oculto en los mitos antiguos. Como puede verse, los historiadores en general, y los astrónomos en particular, lamentablemente sufren un caso avanzado de miopía cultural.

 


La humanidad es un producto del cosmos, ya que su evolución ha seguido el curso de las leyes naturales. Somos un reflejo de las leyes que funcionan en el cosmos; éstas nos afectan física y psicológicamente, así como lo han hecho las presiones naturales a las cuales hemos reaccionado con tanto éxito a fin de poder sobrevivir en este mundo algunas veces hostil. El hombre primitivo aprendió el funcionamiento de esas leyes por medio de la observación y le fue necesario convertirse en un científico natural por la más práctica de las razones: tenía que aprender rápidamente y recordar lo que aprendía, para no sucumbir a causa de la ignorancia.


De todos los fenómenos naturales, el cielo estrellado, con su periodicidad característica, resultó más conveniente para estudiarlo. En tanto que otros eventos naturales cambian o atraviesan por ciclos de nacimiento, desarrollo, deterioro y muerte, el cielo proporcionó al hombre información periódica y eterna porque lo afectaba tanto física como psicológicamente. El cielo le ofreció el modelo superior que él decidió imitar y adoptar como norma básica para formar sus instituciones sociales: y esta decisión no fue sólo la exteriorización de un proceso interno, sino la elección deliberada hecha por un científico natural que trataba de enfrentarse a las presiones que le imponía la supervivencia.

 

 

La salida y la puesta del Sol, la Luna, las estrellas y los planetas, al mismo tiempo que seguían una órbita diaria y anual a través del espacio, proporcionaron acontecimientos periódicos por medio de los cuales fue posible comprender las leyes naturales. El cielo fue el laboratorio donde se pudieron llevar a cabo experimentos periódicos. Una estrella podía ser observada en relación con cualquiera otra en una noche dada, y la noche siguiente la relación podía volver a evaluarse. Al paso del tiempo, el conocimiento empírico reveló cuáles de las estrellas eran aparentemente invariables o "fijas" y cuáles eran errantes, los planetas que cambian su posición en relación con la de las estrellas fijas.


El hombre se dio cuenta de que los fenómenos de la bóveda celeste afectaban su vida. El periodo de luz solar era dedicado cada día a cazar o a buscar alimentos; al llegar la oscuridad de la noche tenía que esconderse de los depredadores nocturnos. Las variantes climáticas de las cuatro estaciones también lo impulsaron a cultivar, a pastorear, a recoger las cosechas y a buscar protección de las inclemencias del invierno. Todas sus actividades reflejaban el curso observable en la naturaleza.


Las luces de la bóveda celeste parecían afectar también a la naturaleza, y al paso del tiempo el hombre empezó a reverenciar como a dioses a las fuerzas naturales; las acciones de esos dioses fueron la base de mitos y teologías.

 

 

El cuerpo de la tradición (fábulas, leyendas, rimas, folklore) al que comúnmente llamamos "mito", es una fuente inagotable de información. Por otra parte, contiene algunos de los conceptos más abstractos y profundos con respecto al cosmos.


La mitología es historia porque narra acontecimientos; no obstante, no es historia en el sentido común de la palabra, porque es posible que las personas y las situaciones que figuran en ella no hayan existido jamás. La mitología es una ciencia porque investiga a la naturaleza y descubre sus orígenes, aun cuando al personificar y deificar a la naturaleza la mitología no se considera una ciencia tal como ésta se define en la actualidad.


La astromitología intenta llenar el vacío entre el hombre y el cosmos, formando un vínculo consistente en el proceso simbólico del cual el mito es la máxima expresión. Y toda la humanidad expresa en el mito el simbolismo que contiene nuestra herencia psicológica común -una herencia adquirida a lo largo de siglos de investigación y contemplación por parte del científico natural que todos llevamos dentro.

  

Por Charles C. Warren, F.R.C. y Nancy Sainte Vigne-Warren, F.R.C.
Director del Planetario del Centro Científico de Sacramento
La Ciencia del Tiempo, el Espacio y el Cosmos
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C. 


Publicado por cutronio @ 20:24  | Ciencia
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