S?bado, 01 de octubre de 2011

 

La peregrinación del hombre aquí en la tierra lleva inevitablemente a la muerte, al paso a otra manera de existir. La muerte es, por lo tanto, un hecho que tiene necesariamente que interesar a todos. Siempre estamos a sus puertas; jamás podemos olvidarla; es parte de nuestra experiencia, como lo es el nacimiento, y no tiene menor importancia que éste.


"Acuérdate que tienes que morir"

(memento mori) 

 

Esta frase parece que fuera lúgubre; sin embargo, desde los tiempos de los antiguos egipcios, a quienes servía para recordarles su mortalidad, hasta nuestros propios días, la frase únicamente nos obliga a reconocer la responsabilidad que la vida nos impone con respecto a la manera de emplear nuestras oportunidades.


El recuerdo de la muerte en presencia de la vida estimula una manera de vivir honrada y digna, con respecto al alma divina que llevamos dentro.


¿Cuál es la esencia de la muerte? Solamente la separación de las dos naturalezas del hombre: el polvo que regresa a la tierra; el alma que regresa a su verdadera fuente. Estas dos naturalezas estrechamente entrelazadas, alma y materia, constituyen el todo aparentemente indivisible del hombre.


El arte de morir no es más que la comprensión de ese misterio, y vivir de manera que ni el temor ni el dolor marchiten el momento de su separación.


Sabemos poco acerca del alma y, por lo tanto, prestamos poca atención a las cosas más importantes de que depende la felicidad que ciegamente buscamos. Nos sumimos profundamente en la materia, ahogamos en ella nuestra conciencia y, finalmente, nos identificamos por completo con ella; así, atamos nuestros pensamientos y nuestros sentimientos a ella y encontramos la vida terrenal tan agradable, que el regreso del alma a su patria desde el destierro, en vez de parecer alegre, parece dramático y terrible.

 


La ignorancia y nuestra falta de deseo de enterarnos de lo que es la muerte, llenan esta experiencia de pánico y de dolores. La que debería ser natural, se hace extraño y difícil.


La muerte rompe los lazos que unen a nuestras dos naturalezas, según que ellas estén o no bajo nuestro control, el proceso dura más o menos tiempo. Finalmente, todos los sufrimientos cesan. Esto es tan cierto que muchas veces la salud se altera y parece mejorar cuando se está al punto de alcanzar la disolución final.


Pero poca cosa de esto se imprime en la conciencia, y el momento de la partida es perfectamente indoloro. La fuerza del alma parte con el último aliento y la separación se hace completa. La naturaleza exhibe en todas partes el círculo, las cosas que llamamos vida se mueven incesantemente a través de fases sucesivas, como la primavera, el verano, el otoño, el invierno; el nacimiento, el crecimiento, la madurez, la decadencia.


El mismo ritmo abarca al hombre y a la naturaleza. Por lo tanto, deberíamos desechar de nuestro pensamiento, como poco naturales, todas las imágenes de la muerte que proceden de la superstición, del terror y de la ignorancia, y debemos considerar este fenómeno de manera inteligente.


Debemos reemplazar el temor de la destrucción de la carne por la comprensión de que las partículas que la forman son también inmortales, aunque su línea de evolución sea diferente. Mientras el alma la habita, su acción luminosa puede purificar y espiritualizar la materia y precipitar su evolución.

 


El verdadero Yo      


Hay un punto central en nuestro interior, que es el verdadero yo. El yo mira claramente la vida directa del hombre. Si se le deja regir nuestros asuntos, viviremos cada día de acuerdo con los valores eternos y el momento de la separación final llegará fácilmente.


Los últimos momentos son importantes. El yo, hasta entonces enredado en los asuntos mundanos, en las pasiones y en las debilidades mortales, mira en un relámpago no solamente el carácter transitorio de todas las cosas de la tierra, sino la enormidad de nuestras fallas.


Toda la vida se revela y es necesario calibrar sus valores, sus deudas y obligaciones y resolver sus perplejidades. En el súbito caos de este examen del último momento, es necesario que el moribundo pase. Si en la vida el yo se ha enfocado en perfeccionar el arte de morir, este examen final será fácil y la partida será valiente y gozosa, como zambullirse en las profundidades de nuestro propio ser para nadar vigorosamente hacia el océano de la luz.


Aunque no lo vean los que estén presentes, el instante exacto del tránsito deja el semblante terrenal luminoso, estático y extrañamente solemne. Esa es la majestad de la muerte. La muerte es un nacimiento, y la impresión de la pérdida está llena con la alegría de una nueva hazaña.


¿Qué ambiente suministra las mejores condiciones para una muerte apropiada? Sea cual fuere el grado de preparación del moribundo, es necesario una ayuda de quienes lo rodean, pero no en la manera acostumbrada, con inyecciones y estimulantes, con alimentos fuertes, con manifestaciones de desesperación o seguridades falsas de que se recobrará la salud.


Estas cosas sólo crean una confusión en el alma y en el cuerpo, debilitan y distraen los pensamientos y la conciencia, apartándolos del proceso importantísimo de fortalecer la resolución de partir.

 

 

Los últimos momentos   


La falsa esperanza de mantener la vida dirige los esfuerzos espirituales en una dirección diferente y desorganiza el proceso natural. Con esas tentativas hacemos mucho daño. Un moribundo sólo necesita paz y un cuidado tierno y paciente. La tranquilidad ayuda a crear la fortaleza necesaria para dominar ese gran cambio.


Debemos sacrificar nuestros propios sentimientos, sufrimientos y angustias para alcanzar aquel grado de amor que no pide nada para si mismo.


Los últimos momentos exigen respeto para el misterio: no es un momento adecuado para la compasión ni para la desesperación estéril.


Cuán lamentable es el fin, si halla al hombre sin prepararse, por haber vivido una vida desordenada e indisciplinada. Ese hombre necesita mucha más quietud para la concentración y la introspección. Mucho depende de quienes le rodeen, y éstos a veces nada pueden hacer.


Ese momento exige un máximo de esfuerzo, pero en su dolor y en su desarreglo, los esfuerzos se dispersan en frivolidades.


Por otra parte, cuán lleno de belleza es el tránsito de quien está preparado, de quien ha renacido en el espíritu mediante años de una especie de muerte diaria. Los deseos egoístas y personales están extintos, han sido sacrificados en el altar de la renovación mundana.


Habiendo estado listo desde hace tiempo para el momento de la libertad, su conciencia se funde con el Cósmico y tranquilamente encomienda su espíritu a Dios. Una luz interior lo rodea, y su alma rompe las ligaduras con la tierra y deja como último regalo, un presente de luz. Ese es el arte de morir y esa es la intención que tiene la frase:

 

¨memento mori¨


 

Por Stanislaw Goszczynski, F.R.C., S.F.R.A.
Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.

 


Publicado por cutronio @ 22:50  | Metaf?sica
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