Domingo, 25 de septiembre de 2011

Cualquier cosa o condición que la mente no puede concebir como teniendo orden, es incapaz de comprender. El desorden es la inhibición de la mente humana para percibir la relación que existe entre las cosas. El desorden le da al hombre la noción del caos. Le roba la confianza, porque se niega la idea de la progresión o sea, ya no es capaz de percibir el probable principio o fin de las cosas o condiciones. Dondequiera que hay falta de orden, aparecen las diferencias. Donde hay una multiplicidad de cosas sin relaciones comprensibles, el ser humano se siente perdido y cae, entonces, en un estado de desamparo. Cada cosa que experimenta parece determinada a su propio fin e indiferente a todo lo demás. Tal estado no conduce a adquirir un sentido de seguridad.   


Fue un sentido de incertidumbre el que impulsó a los primeros pensadores a tratar de encontrar algún vínculo común a los varios fenómenos de la naturaleza. Los cielos, el mar, las montañas y los elementos de la naturaleza eran demasiado vastos para caer bajo el dominio del hombre, quien estaba continuamente temeroso del poder de ellos. Quizás si la mente primitiva pensó que estas fuerzas estarían dependiendo de algún poder más grande. Si hubiera alguno de mayor eficacia, entonces el hombre podría acudir a él, para conseguir su propio bienestar. Si hubiera una unidad, si hubiera un verdadero universo, entonces la hebra para llegar a esta unidad llegaría a ser la llave de un tremendo poder.


Los antiguos alquimistas fueron los primeros en buscar la llave de la unidad Cósmica. Aristóteles había enseñado que hay una prima materia o principio elemental y asoció cuatro cualidades esenciales a esta materia elemental, que eran: calor, frío, sequedad y humedad. Más tarde se pensó que se podía conseguir un cambio en las diferentes substancias meramente alterando las cantidades de estas cualidades de calor. frío, y demás. En realidad, se pensó que aun los colores de las substancias constituían una cualidad importante. Los alquimistas de Alejandría creían que un metal común que tenía el color del oro se había transformado en el áureo metal porque su color era el mismo.

 

 

Los alquimistas árabes posteriores buscaban de transmutar una variedad de metales comunes en oro. Aun pensaron en descubrir un elixir para la prolongación y hasta para la creación de la vida. Estos alquimistas pensaban que la naturaleza de la materia no se encontraba sólo en sus cualidades. Se creyó, sin embargo, que los principios fundamentales de la materia primordial eran el azufre o el fuego, el mercurio o el estado sólido o líquido. También había la búsqueda por lo que se conoce como la piedra filosofal. Se concebía esta piedra filosofal como siendo la esencia original de cada substancia, y como teniendo el poder de transmutar todas las cosas.


El que controlara esta esencia tendría en sus manos el poder vital para cambiar toda la materia conforme sus deseos. Otro término alquímico prominente fue el de la “quintaesencia” de la materia. Paracelso, médico, Rosacruz y alquimista, especificó que no hay una “Quintaesencia” sino más bien que hay un núcleo de todas las cosas. Para él este núcleo era la virtud divina, era la intención divina por la cual todo tenía existencia. Al dirigir esta virtud divina, el hombre adquiría la clave de todas las manifestaciones naturales. Lo que el hombre quería conseguir por estas investigaciones era un cambio volitivo. En otras palabras, él quería ser la fuerza motivadora, dirigente de su propia vida.


Al mirar alrededor de sí, la realidad aparecía ya inerte, detenida o caprichosa en sus manifestaciones. Las cosas eran, así la parecía, o inmutables o se estaban cambiando a despecho de la voluntad humana y aun en detrimento suyo. Cualquiera cosa que sucedía parecía hacerlo sin considerar los fines o propósitos humanos. Por la tanto, el cambio volitivo que el hombre buscaba era la dirección de estas fuerzas por su propio albedrío. El deseaba influir en la transformación y desarrollo de las cosas.

 

 

Valores como motivos 

Otra definición para este cambio volitivo es maestría. ¿qué es la maestría? Olvidemos por el momento la concepción hiperbólica, romántica y poética de la maestría y encarémosla desde un punto de vista lógico y racional. Un maestro es el que tiene ambos, tanto el poder de aplicación como el de discreción en su uso. Uno que tenga un tremendo poder a su disposición, no importa cuál sea su naturaleza, no es necesariamente un maestro. Por ejemplo, hay una importante diferencia entre un tirano y un verdadero maestro, a pesar de que ambos tienen poderío.


El tirano la aplica sin preocuparle los intereses o bienestar de los demás. Un maestro, por el contrario, utiliza sus poderosas facultades ya sea que éstas vengan de conocimiento o grandeza, con una inteligente discreción o juicio. Esta discreción significa que un maestro no disipará su poder ni destruirá con él, a menos que reemplace la que destruye con algo más fino o más noble.


El hombre debe tener un motivo para transmutar los elementos de su existencia. El instrumento de fuerza que primero aplica es su propia mente. Es la mente la que efectúa cambios en las cosas, pero hace estos cambios y transmutaciones de acuerdo con ciertas valuaciones o valores. Estos valores, entonces, son siempre el motivo para que el hombre actúe sobre las realidades, al buscar el cambio de las condiciones de su vida o de su ambiente, y por supuesto están siempre relacionados con sí mismo. Cada esfuerzo intencional gastado por é1 es con el propósito de crear una satisfacción personal de alguna clase.

 

 

Podemos decir exactamente que el hombre está siempre descontento. No está nunca completamente satisfecho con la vida tal como la experimenta. Esto es porque el hombre es un Ser de cálidos, abrasadores deseos. Consisten en parte estos deseos de impulsos o inclinaciones de las cualidades psíquicas o del alma de sí mismo. Otras de sus inclinaciones son intelectuales o de un carácter puramente sensual o físico. Ciertas religiones y filosofías han clamado en contra de los deseos en su literatura y enseñanzas. Han sostenido, como los budistas, que el deseo es la raíz de todo mal. Pero tal incalificable crítica de los deseos es irrazonable. No se justifica.


Sería como criticar la experiencia, porque a veces la experiencia nos trae dolor.
Sabemos, por el contrario, que la experiencia también tiene sus momentos de placer y de goce. Así también los deseos, dentro de ciertos límites, son esenciales para los cambios que los hombres desean realizar en su mundo y en sí mismos.


La vida es completamente imparcial con respecto a los deseos del hombre y a los motivos que siguen a estos deseos. Debe comprenderse que la vida no es una criada de mano elegida por la humanidad, ni se destinó a estar al servicio del hombre o a ser una especie de producto accesorio de sus intereses personales. El hombre es sólo uno de los múltiples productos de la vida. Sin embargo, de su propia iniciativa está siempre señalándole fines a sus experiencias o avaluándolas.


El quiere que la vida le sirva a él de algún modo, por lo tanto, crea de nuevo todo lo que le rodea, su ambiente, sus asociaciones y las vicisitudes de la vida para satisfacer los deseos del ego, que le consumen. El mundo del hombre, por lo tanto, es resultado de su propia fabricación. Usemos una analogía para hacer esto más comprensible. Un conjunto de árboles no es una casa. La naturaleza no determinó que la floresta se usara para la construcción de hogares. Una casa es concebida por el hombre como una necesidad dentro de su propio mundo. Así es que se pone a construirla de los árboles para satisfacerse a sí mismo. La clase de casa que él fabrica es responsabilidad suya únicamente. Pero si más tarde ésta se derrumba sobre él o queda defectuosa en alguna forma, no es ni culpa ni falla de la naturaleza.

 

 

Es un error referirse a la naturaleza como a la gran alquimista. El término se usa frecuentemente en la literatura ocultista, pero está equivocado. Desde un punto de vista filosófico, la naturaleza no está constantemente esforzándose en cambiar o en transformar todas las cosas. Cierto es, como lo dijo Heráclito siglos ha, que todo está en constante fusión, todo es movible y cambiante.


En verdad no hay estabilidad y nada es. Todo está pasando de un estado a otro.
Sin embargo, en la naturaleza no hay jerarquías o graduaciones de valores que esté esforzándose por superar y ninguna cosa es más o menos importante que la otra. En ella, la naturaleza, no existe el impulso de poseer. Todas las cosas son parte de ella. Como dijo Spinoza, la naturaleza no busca alcanzar un ideal; no tiene un fin que conseguir, como lo tiene el hombre. En la naturaleza nada esta intencionalmente restringido, reprimido dentro de ciertos límites. Tampoco en ella nada toma la cualidad de permanencia o de finalidad absoluta. Así es que si cambia, no lo hace con un propósito. Por otra parte, el arte de la alquimia es y debe ser una transmutación intencional.


Tiene como propósito el cambio de una cosa a otra que se desea y que piensa que tiene un valor más importante, por el momento al menos. Ahora, ya hemos dicho que todos estos motivos como los valores, son humanos y no Cósmicos. En consecuencia, es el hombre el que ejecuta cambios intencionalmente. Él es el gran alquimista, no la naturaleza. El mismo está eternamente transformándose. Por lo tanto, los metales raros que desea crear, o sea, los valores personales, también se alteran con su crecimiento mental y espiritual.

 

 

El tiempo ha probado que algunas de estas valuaciones tienen más duración que otras. Quizás será porque le han dado al hombre una mayor satisfacción y por eso es que perduran. El propósito de la filosofía Rosacruz es proveer a la humanidad con una alquimia transcendental o mística de la vida. Intenta revelar al individuo aquellos valores permanentes que se han establecido a través de los siglos por el gran contentamiento que nos han proporcionado. Uno de estos valores que perduran y que proveen de profunda satisfacción, es el que concibe a Dios en su sentido colectivo.


Pensar en Dios de otro modo, esto es, como siendo una mente o inteligencia que esté bien aparte del universo y en algún lugar remoto, crea dudas y temores. El hombre esta siempre repasando en su mente, dándole vueltas y más vueltas a las realidades que está experimentando. Y está continuamente tratando de determinar cuál de estas experiencias tiene una más íntima afinidad o relación con él y con el Cósmico. La mayoría de los hombres están constantemente temerosos de avaluar erróneamente una cosa como buena cuando quizás sea mala, y otra cosa como maligna cuando puede ser buena. Tienen recelo de entregarse al curso natural de las cosas. Creen que si lo hacen, pueden estar renunciando a su maestría potencial y también a su poder de dirección.


Piensan que cada acontecimiento favorable es una bendición que Dios les ha otorgado, e imaginan que los sucesos desfavorables son el modo con que la Deidad les inflige su castigo. La idea de que Dios se mantiene aparte de las cosas crea estas nociones falsas. Lleva aun hasta la creencia de que hay cierta hostilidad intencional en algunos aspectos de la naturaleza que el hombre debe combatir.

 

 

Lo indestructible 

La verdadera alquimia de la vida tiene una idea de Dios como siendo una mente Cósmica y esta concepción tiene un valor real porque complace a los mortales al mismo tiempo que es inspiradora. Sepan este concepto: todas las cosas, no importa su índole, desempeñan un papel determinado en el universo, no a propósito sino por necesidad, porque son parte del todo. Cada cosa es una partícula esencial del infinito. Lo bueno de cada cosa, entonces, es su función efectiva, el rol que desempeña por necesidad. En este Cósmico, que es íntegro, nada se niega, nada se suprime. Todo debe ser conocido. El Cósmico está siempre fácil de alcanzar.


El hombre nunca duda del Cósmico o de lo divino cuando llega a darse cuenta de que es parte de cada experiencia inmediata, de que está relacionado a todo la que ve, siente y oye, y de que la causa divina no está aislada en el espacio lejano. Si las experiencias de la vida no son satisfactorias, no implica esto que el Cósmico haya abandonado al individuo. Implica, sí, la necesidad de que el hombre se reoriente, que reajuste su consciencia de acuerdo con lo que le rodea. Una tormenta puede ser un fenómeno pavoroso, lleno de terribles augurios, pero este mismo fenómeno puede ser interpretado si tenemos la comprensión de ello, como un maravilloso despliegue de útiles y naturales fuerzas. Todo depende del modo como entendamos las fuerzas naturales y cósmicas y de cómo queramos aceptarlas.


Otro tesoro de esta alquimia de la vida es la elevada noción de que el hombre es permanentemente divino en su esencia. Si la esencia divina impregna todas las cosas como una cualidad dominante, como su núcleo, entonces no pueden corromperse. Ahora bien, el hombre es una de las cosas de la creación. Él es parte del todo de esta creación. La consciencia divina universal está imbuida en el hombre. No puede ser destruida en su ser. Ni siquiera necesita él recuperar lo divino como un alma perdida porque nunca puede perder aquello que es el núcleo de su propia existencia. El hombre puede solamente fallar en reconocerse a sí mismo, puede perder consciencia de su propia esencia divina y, por la tanto, deja de utilizar sus propios poderes.

Cuando lo hace así se castiga a sí mismo por las consecuencias que le acarrea su propia eventual desarmonía con la vida.

 

 

Expansión de sí mismo 

La alquimia mística ha hecho otra muy importante contribución para la satisfacción humana a través de los siglos. He demostrado que no es suficiente que el fin de la vida sea sólo un agradable mantenimiento de sí mismo.


Satisfacer solamente nuestras necesidades orgánicas constituye una aislación de nuestro ser. Es hacer de nuestro propio yo un punto separado de existencia. En el Cósmico, lo repetimos, no hay sino la unidad de ser. No hay separación excepto en la forma o en la apariencia. Por lo tanto, cuando confinamos nuestra consciencia a nuestro propio ser físico, a nuestros propios sentidos sensuales, nos estamos separando de todo lo demás.


Estamos en el hecho, retrocediendo del ideal de unidad que, como ya lo dijimos, el hombre primeramente buscó cómo comprender. Nos incumbe a nosotros inquirir en las más grandes expansiones de nuestro yo, en sus muchas ramificaciones. Deberíamos investigar aquellas partes de nosotros que nos atan a la realidad por todos lados. Somos como un punto en el centro de un vasto círculo. Hay dos modos por los cuales nosotros, o este punto, pueden expandirse.


Uno es el de la introversión, o sea, de volverse hacia adentro, concentrarse en sí mismo, para que así el punto crezca hasta llenar una mayor área del círculo. El otro modo es el de alcanzar hacia afuera, atraer el círculo hacia el punto o el centro. El hecho importante es que nosotros, como seres humanos, nunca deberíamos permanecer como sólo un punto en el todo Cósmico. No deberíamos mantenernos aislados en el círculo Cósmico.

 

 

La alquimia de la vida debe preocuparse de la sociedad humana. Después de todo, la sociedad no es sino una hechura humana, como un reflejo de su percepción de la unidad cósmica. La sociedad es un ensayo del hombre para unificar sus propias expresiones. Mientras más se da cuenta de su dependencia de otros fenómenos y de su propia relación con ellos, más admite su dependencia de sus iguales y su obligación hacia ellos.


La arrogancia nace de una mala interpretación de poderío y de independencia propios. Una apreciación de nuestra condición Cósmica nos hace que tengamos, en vez de lo anterior, un sentido de humildad. Entonces nos enteramos de nuestras deficiencias y de las contribuciones que han hecho otros seres humanos para nuestro bienestar. Oímos hablar mucho estos días de los derechos humanos. Se cree generalmente que los derechos humanos son atributos inherentes, y que se pueden reclamar con justicia. La única cosa que tiene el hombre, que es inherente, es la fuerza Cósmica vital que lo anima y sus facultades asociadas, y éstas no son posesiones del hombre, ni son dones que se le han concedido. Son una parte esencial de lo que el hombre es.


Sepárese al hombre de la fuerza vital, de los atributos de la vida y él no existe.
Por consecuencia, si el hombre vive, no tiene demandas que hacerle a la vida, porque todo lo demás, entonces, depende de é1. Si no vive, no hay ego, no hay yo, ya sea para desear o para exigir.

 

 

En la alquimia mística, un derecho puede ser definido como un interés adquirido, sus derechos como miembro de la sociedad consisten de lo que se establece o crea como resultado de sus esfuerzos o comportamiento. Estos derechos, repetimos, no son inherentes, pero vienen como un producto de sus propias actividades. Son la aplicación de su inteligencia, de su tolerancia y de su interés personal en la sociedad. Estos derechos, como intereses adquiridos, son una expansión de su poder personal. Lo que nace de usted debería usted estar capacitado para dirigir y controlar.


Por lo tanto, antes de que nosotros como miembros de la sociedad en general, estemos justificados en reclamar derechos individuales, deberíamos primero dar de nosotros mismos. Por ejemplo, tenemos derecho a la libertad solamente si la definimos en su sentido universal. La libertad no debe estimarse en términos de un exclusivo interés individual. Aun más, no debe concebirse la libertad como siendo una condición o estado de un grupo particular. El hombre tiene derecho a la justicia si primeramente también la concede a los demás.


Tiene derecho a la propiedad que se afana en conseguir. Sin embargo, tales afanes deben estar de acuerdo con justas relaciones sociales. Tiene derecho de adoración solamente si primero reconoce las naturales inclinaciones de los demás a adorar como quieran. Los derechos son privilegios que los hombres se conceden entre sí en respeto mutuo de la dignidad humana.


Al seguir esta alquimia de la vida, los hombres tratarán de mantener sus ideales, tan bien como sus propias vidas, de un modo simple. Una compleja vida humana, lo mismo que un átomo complejo, está eternamente tratando de desintegrarse. Sin embargo, nuestros ideales deberían ser siempre progresistas. Así nuestra creciente consciencia no estará nunca restringida por ellos, ni nunca necesitará mirar hacia atrás, avergonzada de ellos.

 

 

En el diálogo el Phaedrus, el filósofo Sócrates ofrece una sencilla plegaria.
Expresa bellamente un ideal puro y, al mismo tiempo, la verdadera alquimia de la vida:


Amado Pan, y todos vosotros los otros dioses que rondáis por
este lugar, dadme belleza en el alma interior; y haced que tanto
el hombre interno como el externo sean uno.
Que pueda yo creer al sabio como siendo el rico, y que pueda
yo tener tanto oro como lo que un hombre sobrio, y él sólo,
pueda cargar y llevar consigo.


¿Algo más? La oración, creo yo, es suficiente para mí.  

 

Por Ralph M. Lewis, F.R.C. 


Publicado por cutronio @ 22:25  | Alquimia
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