Sábado, 07 de abril de 2012



El fuego, así como el aire, son dos elementos activos masculinos, al contrario
de la tierra y del agua, que son elementos pasivos y femeninos, lo que nos sumerge en la dualidad. El agua es la forma sustancial de la manifestación, en el origen de la vida y un elemento de regeneración corporal y espiritual; ella es fuente de vida, medio de purificación y de regeneración; el agua es igualmente símbolo de pureza y fertilidad. Esta dualidad complementaria del agua y del fuego nos pone delante de la dualidad del ying y el yang, de la noche y el día, de las tinieblas y de la luz.


 

El Fuego


El fuego corresponde al punto cardinal Sur, al color rojo, al verano y a los sentimientos del corazón. En estado natural, el fuego es un principio que consume lo que quema. Reduce a cenizas las sustancias combustibles y purifica las que no lo son. Es por ello que los alquimistas lo utilizaban como agente de transmutación a lo largo de sus operaciones sucesivas. Esta propiedad particular se aplica simbólicamente al hombre, pues el fin de su evolución espiritual es el de regenerarse en todos los planos al contacto con el Fuego Divino que anima su ser y que corresponde a la Piedra Filosofal. Es además en este sentido alquímico que hay que interpretar las letras "I.N.R.I.", escritas sobre la cruz de Jesús y que corresponden a la abreviación de la frase en latín: "Igne Natura Renovatur Integra", la cual quiere decir: "La naturaleza humana es regenerada completamente por el Fuego Divino".


Del fuego primordial, del magma en fusión que, desde las capas más profundas de la Tierra, alimentan estas erupciones volcánicas, nacen las rocas y los continentes. En los ritos iniciáticos, el fuego es muerte y renacimiento, y la purificación por medio del fuego es complementaria de la purificación por medio del agua. El fuego es por lo tanto, antes que nada, el motor de la regeneración periódica.


Los druidas prendían grandes fuegos, a través de los cuales hacían pasar al ganado para preservarlo de las epidemias. Generalmente, la fiesta de los Beltaines se llevaba al cabo el primero de Mayo y abría el comienzo del verano.


San Juan el Evangelista es el patrón de los Templarios y cada año, el 24 de Junio, se encendía un gran fuego. Es el solsticio de verano y la llegada de la luz, pues ese día el Sol está en su apogeo de potencia y resplandor. Otras órdenes iniciáticas también celebran los fuegos de San Juan en el verano, fiesta del elemento fuego y del fuego purificador, causa primera de donde todo surge y a donde todo regresa.


En la liturgia católica, el fuego nuevo se celebra en la noche de Pascuas, que coincide frecuentemente con la llegada de la primavera y la renovación del año y de la naturaleza. Según ciertas leyendas, el Cristo y los santos revivifican su cuerpo pasándolo por el fuego de la fragua. En Pentecostés, el Cristo hace saltar sobre los apóstoles lenguas de fuego, con el fin de prepararlos para su misión de difundir la palabra santa por el mundo entero.


También podemos comparar el fuego al crisol interno que corresponde al plexo solar, uno de los centros síquicos más importantes del hombre, siendo su energía una fuerza de naturaleza emocional. Para los aztecas, el fuego representa la fuerza profunda que permite la unión de los contrarios y de la ascensión.


Ciertas cremaciones rituales tienen su origen en la aceptación del fuego como vehículo o mensajero del mundo de los vivos hacia el de los muertos. La flama subiendo al cielo representa el impulso hacia la espiritualidad, aunque ésta sea indecisa. Es mucho más tarde que el fuego y la flama se convirtieron en el símbolo de una búsqueda, la de la misión del hombre en la vida y de su búsqueda de un mayor conocimiento; el fuego del espíritu, dicho de otra forma, el fuego del conocimiento. Como el sol por sus rayos, el fuego por sus flamas, simboliza la acción fecundante purificadora e iluminadora.


El fuego es humeante y devorador; la flama al contrario, creando iluminación, puede simbolizar a la imaginación exaltada, el subconsciente. Para terminar, el fuego es símbolo de la purificación y de la regeneración como el agua, pero ésta simboliza la purificación del deseo de pasar por la bondad en su forma más sublime; el fuego simboliza la purificación a través de la comprensión en su forma más espiritual, por la luz y la verdad.

 


El Agua


El agua también es instrumento de la purificación ritual de todas las creencias y religiones. Ya los Esenios practicaban el bautizo por inmersión, símbolo de purificación y de renacimiento. En su simbolismo, el entierro de Cristo se puede comparar al gesto de la inmersión. Jesús resucita al tercer día, después de este descenso a las entrañas de la tierra.


Esto nos hace pensar en el ritual del bautismo de los primeros cristianos, que se practicaba con tres inmersiones sucesivas en los bautisterios, o también en los ríos, sin ropa, donde eran sumergidos en el agua bautismal con tres inmersiones, que simbolizaban los tres días que pasó Cristo en la tumba.


Después de estas inmersiones, el bautizado resucitaba también a una nueva vida y se convertía en el hijo de Dios. Como tal, el hombre busca identificarse con su padre, se desarrolla, y poco a poco, es mejor. Por otra parte él se vuelve heredero de su Padre. Siendo Dios el rey del Reino de los Cielos, sus Hijos se convierten en el príncipe del Reino.


Debido a este simbolismo, el ritual del bautizo en esta época era conferido solamente a los adultos conscientes y capaces de expresar el deseo de ser bautizados, costumbre que perduró hasta el Siglo VIII, época en la que la Iglesia comenzó a exigir el bautizo de los niños mayores, que ya eran capaces de comprender. Hoy en día, la Iglesia pide a los padres bautizar a sus hijos cuando todavía son bebés, y que no pueden comprender, desgraciadamente, este sacramento, ni su sentido simbólico. Con esta iniciación, el bautizado moría a la vida profana para entrar a la de un iniciado, de un buscador. Con este ritual podemos comprender que el agua borra la historia del ser, pues establece un nuevo estado. Como el fuego y la espada, el agua puede ser fuente de vida e igualmente de muerte. Los tres pueden ser creadores o destructores.

 


La Espada


Si la espada es el emblema del poder y de los privilegios del Caballero, su aspecto le da la forma de una cruz, y con frecuencia, las reliquias estaban contenidas en la empuñadura, sacralizándola aún más, confiriéndole un poder misterioso del que se la creía dotada. Generalmente cada caballero le daba un nombre, lo que marcaba el lugar que ésta ocupaba para él.


La espada, símbolo de valentía, de poder y de justicia, puede tener un aspecto tan destructor como creador. Ella puede establecer la paz, la justicia y hacer la guerra. Dicho de otra forma, el símbolo de la espada nos sumerge en la dualidad del bien y el mal. En la tradición bíblica, la espada está asociada a tres plagas: la guerra, la hambruna y la peste. Pero la espada de fuego representa también al Logos y al Sol. Durante la expulsión de Adán del Paraíso, dos querubines que simbolizaban la bondad y el poder de Dios, provistos de una espada, le muestran el camino que conduce al Árbol de la Vida (Génesis III, 24). La espada, como el fuego y el agua, forma parte de los ritos iniciáticos. La espada está asociada a la luz, al relámpago y al fuego; ella es el rayo de sol del Apocalipsis del que surge, brillando con mil fuegos como el sol. Dicho de otra manera, ella es fuente de luz.


La espada está relacionada con el agua; el temple de la espada es el casamiento del agua con el fuego. Siendo fuego, ella es atraída por el agua: las espadas clavadas dan nacimiento a las fuentes.


En la tierra de los montañeses, al Sur de Vietnam, la obra de la Creación es obra de un herrero y el trabajo de fragua o herrería es la constitución del ser a partir del no ser. El hombre mismo es también forjado, dado que fue forjado por el Herrero Creador de todas las cosas.


El fuego y el herrero van a la par; uno no puede existir sin el otro. El herrero es el maestro del fuego, forja la espada por el temple que es la unión del agua y del fuego, del ying y el yang. Es a través del fuego que él opera el paso de la materia de un estado a otro. El fuego es un agente de transmutación más rápido que el calor natural, el del Sol o el del "vientre de la tierra"; por lo tanto, el fuego puede ser considerado como la manifestación de una fuerza tan oculta como religiosa. Por esta alquimia, la espada de los filósofos es el fuego del crisol, el símbolo del combate por la conquista del conocimiento y la liberación de los deseos, la espada cortando así la obscuridad de la ignorancia.


El metal de la espada es extraído de las entrañas de la Tierra, del fuego subterráneo, o de la bóveda celeste, lo que le da un carácter ambivalente cargado de su extraordinario prestigio legendario. Y en ese momento, la espada se convierte en la reconstitución de la perfección de la unidad primordial.


El Caballero, se volverá su espada por la integración de su ser que se va a forjar al contacto con estas fuerzas nacientes de la unión del agua y del fuego, y al mismo tiempo va a adquirir las virtudes atribuidas a su espada y a identificarse con ellas. Dicho de otra manera, el verdadero maestro del Caballero es el herrero, que esculpe su espada como el aprendiz debe esculpir su piedra de manera que se vuelva él mismo el corazón de esta piedra.


Referencias bibliográficas:
"Diccionario de los Símbolos", de Jean Chevalier y Alain Cheerbrant.
"Libro de los Bautizos Primitivos".

 

Por Maria de Lurdes Trindade
El presente artículo fue extraído de la Revista “El Rosacruz” de Difusión Rosacruz S.C.
AMORC – Vol. LII Nº 4 – Año 1999 


Publicado por cutronio @ 0:10  | Simbolismo
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